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La dimensión política de la retórica griega

Gerardo Ramírez Vidal
Universidad Nacional Autónoma de México
(México)

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Resumen

En la Grecia clásica, la retórica, sea entendida como capacidad natural, práctica, enseñanza o teoría, estaba muy relacionada con la política en los tres ámbitos de su competencia: los tribunales, las asambleas y las grandes fiestas patrias. En época helenística e imperial, el arte de la palabra se adaptó a las nuevas condiciones sociales y culturales. Aunque su función política se modificó, continuó teniendo importancia en las comunidades griegas hasta finales del mundo antiguo. Posteriormente los asuntos políticos cedieron su lugar a los religiosos y filosóficos, y a finales del siglo XIX se suprimió en las universidades europeas la enseñanza del arte de la palabra. En la segunda mitad del siglo XX retorna la retórica. Aunque hoy la relación de ésta con la política es diferente, en comparación con la Grecia clásica, la experiencia antigua resulta útil para entender el fenómeno actual.

 

Abstract

Rhetoric in Classical Greece, understood as a natural skill, practice, teaching or theory, was closely related to politics in the three domains where it was at home: courts, assemblies, and the most important, national holidays. In Hellenistic and Roman Greece, the art of persuasion became adapted to new social and cultural conditions. In spite of the changes in its political functions, Rhetoric retained its importance in Greek communities until the end of the ancient world. Afterwards, political affairs left their place to religious and philosophical issues. Finally, towards the end of the 19th century, rhetorical teaching was abolished in the European Universities. However, in the second half of the 20th century, Rhetoric was back again. In spite of the different way in which Rhetoric and politics relate to each other today as compared to their relationship in classical Greece, the ancient experience is useful to understand the modern phenomenon.

 

Palabras clave: retórica política - retórica clásica - historia de la retórica - géneros retóricos - teoría retórica.

 

Keywords: political rhetoric - classical rhetoric - history of rhetoric - rhetorical genres - rhetorical theory.

 

Hoy es harto conocida la relación que existió entre retórica y política en la Grecia antigua. El número de estudios y actividades académicas al respecto es tan amplio[1] que una nueva exposición sobre el tema podría parecer innecesaria o inútil. Sin embargo, hay por lo menos dos motivos que indican que es preciso continuar abordando ese tema como un debate actual. El primero es de carácter cultural: existe la tendencia, incluso entre colegas nuestros, de revivir, ahora en el campo de la retórica y la política, la célebre “eterna” querella entre antiguos y modernos. Se señala que el estudio del arte retórico resulta hoy innecesario, pues los antiguos han quedado enteramente superados por las modernas disciplinas del discurso como la lingüística, la semiótica, la filosofía, la hermenéutica, el psicoanálisis y el análisis del discurso, entre otras.[2]

 

    Sobre este punto habrá que observar que se trata de un debate artificial. Por una parte, la retórica constituye un conjunto concreto de conocimientos dentro de una multiplicidad de disciplinas del discurso, de manera que lo que existe es confluencia, no conflicto. En la historia de esa disciplina, la retórica actual aparece como una actualización de la antigua. Por la otra, las numerosas teorías actuales vinculadas a esos campos del conocimiento no alcanzan una unidad teórica compartida por los estudiosos. Entonces, la retórica puede constituir un punto de encuentro entre las modernas disciplinas del discurso.

 

El segundo motivo es de orden conceptual: no existe unanimidad en relación con los sentidos tanto de retórica como de política. Al entender de manera diferente uno de esos conceptos, se corre el riesgo de malinterpretar la relación entre los dos ámbitos a los que ambos términos se refieren. Por ejemplo, la relación no es la misma cuando la retórica se entiende como adorno que cuando se entiende como teoría de la persuasión. Por ello, es necesario puntualizar en qué sentido se abordan ambas palabras para determinar con claridad cuál era la vinculación que se establecía en época clásica entre retórica y política, y en qué sentido se modificó posteriormente. Definir en qué sentido abordamos los conceptos permitirá iluminar el problema actual.

 

En las siguientes páginas pretendemos mostrar algunos aspectos generales de la naturaleza política de la retórica en la Grecia antigua. Para ello nos limitamos a emplear el término “política” en un sentido práctico como las actividades que los ciudadanos desarrollan para alcanzar o conservar el poder dentro de su comunidad.[3] En cambio, no adoptamos en principio una sola definición de “retórica”. Nuestra primera tarea será, precisamente, delimitarla. Sin embargo, hacemos una distinción previa. Debemos precisar que el estudio de la retórica clásica se manifiesta en dos funciones: la producción y la hermenéutica del discurso político. Ambas, aunque vinculadas íntimamente, deben diferenciarse. Se tiene que insistir, desde un principio, en que la función primaria de la retórica griega y romana es la producción, no el análisis e interpretación del discurso, aunque estos últimos hubieran sido parte importante de la formación del individuo. Para nuestros propósitos, nos limitamos a describir la dimensión política de la retórica considerando sólo esa función primaria de carácter productivo o instrumental.

 

La primera aserción que queremos fundamentar es que, durante toda la antigüedad, el espacio político fue inseparable de la retórica, en los diversos sentidos que se le dé a esta palabra: a) una cualidad del lenguaje en general, b) una práctica, c) un modelo de enseñanza o d) un método.[4] Pasamos a fundamentar nuestra afirmación en estos cuatro aspectos.

 

En relación con el primer sentido, diremos que entre los antiguos tenía un alto valor la retórica entendida como una cualidad general del ser humano de debatir, acusar y defenderse. Es lo que llamamos “pregnancia retórica del lenguaje” (Ramírez Vidal, 2004). Según el propio Aristóteles (Retórica 1354a6-7), el hombre realiza esas actividades de manera espontánea, sin método. La retórica consiste en identificar esas capacidades naturales para ejecutarlas de manera artificial. Los autores griegos recurren a menudo a la idea de que el logos tiene una función performativa, como si él fuera el creador de las leyes y el constructor de la propia organización de la sociedad.[5]

 

Para ilustrar lo anterior presentaremos algunos ejemplos. En su Elogio de Helena, Gorgias de Leontini valora ampliamente los poderes del logos. Compara a éste con un poderoso soberano al afirmar que “con un cuerpo minúsculo y aun insignificante lleva a cabo divinísimas obras, pues enhechiza, persuade y hace cambiar de opinión” (82 B11 DK).[6] Mal utilizado, el logos ha sido capaz de persuadir a la propia Helena de dejar el lecho conyugal e irse a la aventura, hecho que tantas desgracias causaría a los griegos.

 

Platón era adversario de la democracia ateniense y de quienes enseñaban el arte político (a los cuales llamaba “sofistas”). Al refutar con insistencia a esos maestros, se convirtió en el más grande difusor de la retórica política que se desarrollaba en su tiempo, esto es, la retórica democrática, aunque la imagen que él ofrece altera lo que entonces sucedía. En el Gorgias, Platón representa a ese maestro siciliano sosteniendo que todos los hombres poseen esa facultad que les otorga singulares poderes. Según el filósofo, Gorgias afirmaba que la retórica hace que el orador “sea capaz de persuadir por medio de la palabra a los jueces en los tribunales, a los consejeros en el consejo, a los asambleístas en la asamblea y en cualquier otra reunión que sea de carácter político” (Platón, Gorgias 452e1-4). Entonces, la retórica es esencialmente política y el hombre, al ser considerado un animal político, es al mismo tiempo un homo rhetoricus.

 

Platón retrata a otro “sofista”, Protágoras, discutiendo con el Sócrates platónico, quien ridiculiza a aquél mediante su célebre ironía. Según la imagen que presenta el autor del diálogo homónimo, Protágoras pensaba que las capacidades artesanales habían sido otorgadas de manera diferenciada a ciertos individuos en particular; en cambio, la política había sido distribuida por la naturaleza a todos los hombres por igual. Recurre el “sofista” –siempre según Platón– a un mito para explicar cómo se había otorgado a los seres humanos esa capacidad. Afirma que los dioses distribuyeron entre los animales diversas capacidades físicas con las cuales poder sobrevivir; en cambio, a los hombres les entregó el fuego, esto es, el logos o palabra. Sin embargo, ese don no fue suficiente, pues la discordia se apoderaba de esos seres ya racionales y los hacía pelear entre sí hasta ponerlos en el punto de su propia extinción. Para evitar esas luchas mortíferas y sus efectos, el dios Hermes, por mandato de Zeus, proporcionó a todos por igual los preceptos del respeto y de la justicia. La violación de ambos principios sería castigada con la pena de muerte y nadie podría alegar desconocimiento de ellos, pues todo hombre los habría recibido (Platón, Protágoras 320c8-323c2).

 

Como podrá observarse, el mito que Platón atribuye al “sofista” tiene un tono mordaz: para el filósofo quienes parecen carecer del respeto y la justicia son, sobre todo, los políticos a quienes supuestamente el “sofista” atribuye esos valores. A pesar de ello, volvemos a encontrar la idea de que la retórica es en esencia política. La palabra, que es el fuego divino, hace que los hombres se reúnan y se organicen en comunidades. Es la razón. Sin ella vivirían como bestias.

 

Fue principalmente Isócrates quien elaboró un elogio sobre la función política y social de la palabra. La presenta como creadora de leyes y como condición de la vida asociada (Nicocles 5-9). Pero sobre este autor tan importante volveremos más abajo.

 

Por su lado, Aristóteles, al inicio de la Política (1253a), afirma que el hombre es un animal político por naturaleza y que ello sucede por razón de que el hombre es el único animal que tiene logos o lenguaje racional. Afirma que los demás animales tienen voz, que ésta es signo de dolor y placer, y que mediante ese signo los demás seres vivos de carácter gregario pueden manifestarse tales sensaciones. Pero observa Aristóteles que el logos es diferente de la voz, pues la función del logos consiste en manifestar lo provechoso y lo nocivo, lo justo y lo injusto, y ello es condición de la vida familiar y de la vida asociada. En otras palabras, el lenguaje racional permite la existencia de la comunidad. Por ello, para Aristóteles, según el profesor Antonio López Eire, “el hombre es a la vez un animal político y retórico” (2000: 105).

 

Cicerón se hace eco de todo ello en un famoso pasaje de su obra juvenil Sobre la invención (I 2.2). Ahí refiere que los seres humanos en un principio vivían de manera agreste y dispersos por los campos, pero luego se transformaron en ciudadanos blandos y tratables gracias al poder de la palabra, y aprendieron a cultivar la fe, mantener la justicia, obedecer a otros por propia voluntad, a arrostrar trabajos e incluso a perder la vida por convenir así a todos los miembros de la comunidad.

 

En consecuencia, de los textos antiguos analizados brevemente se desprende con claridad que la retórica es una cualidad del ser humano y que se actualiza en el ámbito político. Aunque este carácter de la palabra sea importante, nos interesa mostrar cómo la retórica se relaciona con la política entendida aquella no como pregnancia, sino como práctica, en los tres ámbitos definidos por Aristóteles: judicial, deliberativo y epidíctico.[7] Al abordar lo anterior, nuestra exposición se limitará a señalar de manera sumaria el sentido del término, los relatos de la invención de esa disciplina y su carácter pedagógico, con el propósito de ofrecer una idea general sobre el carácter político de la retórica en ese ámbito del ejercicio del poder.

 

Será oportuno, en principio, explicar brevemente el sentido que tenía el término retórica en la época clásica. Como es bien sabido, la palabra es un derivado de la palabra rhetor, y esta significa “político”, según un experto en ese tema, Mogens Herman Hansen (1983).[8] En la Atenas democrática de los siglos V y IV a. C., los principales políticos son designados con la palabra rhétores,[9] simplemente porque los actores políticos no pueden existir sin el empleo del discurso, esto es, sin la retórica u oratoria: el político necesita de la palabra para persuadir.

 

Mostremos ahora cómo la práctica retórica es política en los tres ámbitos señalados. Por una parte, debemos observar que la articulación entre ambas prácticas se verifica de manera muy estrecha en el ámbito judicial. El famoso relato sobre Córax y Tisias ilustra muy bien lo anterior. Según la tradición, luego de la expulsión del tirano Trasíbulo (hacia el 467 a. C.), ellos fueron los inventores de la retórica. Enseñaban cómo defenderse ante los tribunales en una situación en que las partes no contaban con testigos ni documentos ni otro tipo de pruebas materiales, y el único medio que tenían a su disposición era la palabra, esto es, las razones.

 

En época clásica, los juicios o procesos orales entre ciudadanos en buena medida involucraban también a la polis. En este sentido tenían también un carácter político. La singularidad de los asuntos judiciales propició que en torno a estos procesos se creara con el tiempo una sofisticada técnica discursiva que respondía a situaciones muy especiales. Hoy los procesos privados no tienen ya necesariamente que ver con los asuntos públicos. Las cuestiones penales y familiares son, en general, asuntos particulares. Las condiciones en que nació y se desarrolló ese arte no existen hoy. De esta manera, sus principios, medios y fines no tienen vigencia. Sin embargo, a pesar de las enormes diferencias entre los tribunales de ayer y de hoy, las técnicas generales ideadas desde un principio en el ámbito judicial, pueden aplicarse a otras clases y géneros discursivos, incluidos los literarios y científicos. Por ejemplo, para elaborar un discurso eficaz es importante emplear una distribución adecuada y recurrir a un lenguaje acomodado a los destinatarios. De cualquier modo, es necesario tener consciencia de que, en todo caso, se siguen empleando mecanismos retóricos en campos no políticos que en su origen tuvieron una naturaleza judicial.

 

En cuanto a la retórica política, existe otro caso menos conocido. El filósofo agrigentino Empédocles fue hijo de un tal Meto, quien era a la vez médico y hábil político. Tanto su padre como él, muy joven aún, se involucraron tenazmente en la lucha por derribar el régimen tiránico y establecer un régimen democrático. El resultado, al final, fue exitoso: Trasideo, el hijo del tirano Terón, logró mantenerse en el poder durante un año, pues fue derrocado (472 a. C.). Tal vez a ello se deba que en la antigüedad se atribuyera también a aquel filósofo la invención de la retórica.

 

Así podemos resumir afirmando que, según la tradición, los dos siracusanos Córax y Tisias y el agrigentino Empédocles fueron inventores de técnicas de persuasión. Los primeros, de la retórica judicial y el segundo, de la retórica política. Sin embargo, las reglas o patrones de composición discursiva dependían en gran medida de la retórica judicial. En el ámbito legislativo las principales aportaciones tal vez fueron hechas, mucho tiempo después, por Demóstenes.

 

En cuanto al tercer género, la retórica epidíctica tuvo un amplio espacio de acción desde el siglo V y hasta el fin de la antigüedad clásica. En la época clásica, las grandes celebraciones en Grecia y las reuniones populares para honrar a los caídos en la guerra requerían de la participación de oradores prestigiosos que fueran capaces de pronunciar discursos notables que celebraran las virtudes de la comunidad helénica, o de una polis en particular. Además, la capacidad discursiva se mostraba también en el ámbito privado y educativo, con la elaboración de discursos ficticios sobre temas singulares, como lo era el caso del engaño de Helena y sus nefastas consecuencias. Aunque hubo magníficos oradores y todos los llamados maestros del discurso fueran eficaces en este campo, puede considerarse a Gorgias como el padre de la retórica epidíctica, pues de él se conservan piezas magistrales de ese tipo de oratoria.

 

Sin embargo, no podemos afirmar que alguno de los “padres” de la retórica hubiera construido un cuerpo teórico sistemático y autónomo. Según la tradición, la invención del arte de la palabra se dio en los tribunales, pero en realidad, Córax y Tisias se caracterizaron por fungir como abogados que entregaban a sus clientes discursos ya hechos y que les recomendaban artilugios prácticos para ser aplicados en las comparecencias. Se trataba de una actividad práctica, no de una formación discursiva: se entregaba el producto, no la manera en que debían ser elaborados. Esto sucederá con los llamados “sofistas” por Platón, quienes integraron la enseñanza de la destreza discursiva (deinós legein) en su educación política. El caso de Gorgias puede ayudarnos a entender lo anterior, esa función del arte de la palabra. Como Empédocles, ese hombre fue un político de renombre, pues lograba entusiasmar a las masas de ciudadanos como pocos. Pero su éxito mayor lo obtuvo en la preparación de los jóvenes, profesión de la que obtenía pingües ganancias. Al parecer mezclaba diversas materias que permitirían a los discípulos alcanzar el éxito político. Una de las enseñanzas era la argumentación. Para explicar las estrategias de persuasión recurría a ejemplos muy complejos: cómo defender casos tan complicados como el de Helena y el de Palamedes, o cómo probar que el ser no existe y, si existiera, no podría comprenderse y, si pudiera comprenderse, no podría comunicarse a los demás. Su enseñanza abordaba los diferentes campos de la actividad política: los tribunales, la asamblea y el debate filosófico. Sin embargo, se trataba de un complejo de temas, no de un conjunto de disciplinas articuladas en un currículum de estudios, como a veces se piensa.

 

Esta característica se encuentra también en los demás maestros, ya sea de la primera generación como de la segunda. Entre los primeros podemos mencionar el caso del ateniense Antifonte de Ramnunte. Fue maestro de retórica y político destacado en su época. Su fama era tal que no podía presentarse en público: se había ganado la merecida desconfianza de los atenienses, por lo menos de los que militaban en el bando democrático. Debido a ello actuaba en secreto. Era un oligarca decidido y aunaba la acción a las palabras. Fue él quien planeó con mucha antelación una revuelta que suprimió por algunos meses el régimen democrático en el año 400 a. C.

 

Se conservan discursos con que supuestamente enseñaba a sus discípulos cómo las partes en el juicio deben acusar y defenderse en los tribunales. Podemos pensar que él ya manejaba una serie de recursos de manera sistemática, pero no podemos todavía pensar que hubiera escrito un tratado de retórica, por más que fuentes tardías lo indiquen así. Era todavía una enseñanza práctica basada en modelos escritos.

 

Por último, será oportuno ilustrar la falta de un sistema con el ejemplo del propio Sócrates, perteneciente a la primera generación de maestros. Lo identificamos como el padre de la filosofía y también como maestro de política, al igual que los demás profesionistas llamados “sofistas”. Livio Rossetti (1998) lo considera como el maestro de la “retórica de la anti-retórica”, como un pensador que vociferaba contra quienes se dedicaban a la enseñanza política utilizando los más insidiosos procedimientos de la manipulación. Tal vez el filósofo tuvo poco éxito con sus discípulos, porque ellos deseaban tener una participación destacada en la arena política; pero él se dedicaba a refutar a todos, en todo y por todo, y no llamaba a la acción. Tal vez por ello, Alcibíades y Critias prefirieron abandonarlo, al hacer a un lado sus enseñanzas y acercarse a los demás “sofistas”, que eran más propositivos y más prácticos.

 

De tal manera, podemos afirmar que nos encontramos en un periodo “proto-retórico”. La retórica no es aún una disciplina autónoma ni existe un sistema teórico. No es todavía un verdadero “arte” de la palabra, aunque podemos encontrar en ella características que se manifestarán durante toda la antigüedad clásica griega: su carácter pedagógico y su vinculación con la política. Los llamados “sofistas” por Platón fueron grandes maestros de política, y la retórica fue una parte de las capacidades que ellos enseñaban.

 

Entre los maestros de la segunda generación, la retórica siguió siendo básicamente un elemento de la enseñanza política. Isócrates, sin duda, fue de todos quien más pretendía hacer de sus discípulos hombres que pudieran influir en los grandes problemas políticos de Atenas y de Grecia en general. Su enseñanza estaba dirigida a crear ciudadanos aptos para la carrera política, y al parecer tuvo mucho éxito en ello. Cicerón afirma que de su escuela salieron políticos bien pertrechados en un número semejante a los guerreros del caballo de Troya (De oratore II, 94). Isócrates fue el maestro más influyente en su época, y lo fue incluso más que los filósofos Platón y Aristóteles, según el juicio de Irenee Marrou (1974, cf. Ramírez Vidal, 2006). Los dirigentes, oradores, maestros de retórica y prosistas más prominentes pertenecieron a su escuela. Demóstenes fue discípulo de Iseo y este, a su vez, fue un maestro surgido de la escuela de Isócrates. Demóstenes fue un rétor completo: gran orador, político y logógrafo. Aunque no tenía una escuela, recurría a las viejas técnicas de enseñar mediante discursos o partes de discursos previamente elaborados y compilados. Esta era la función de sus prooemia.

 

Se piensa que el otro gran maestro de retórica, Anaxímenes de Lámpsaco, autor de la Retórica a Alejandro, fue también discípulo de Isócrates. De cualquier modo, la influencia del maestro sobre el filósofo aparece con bastante evidencia: su obra tiene el claro propósito de formar ciudadanos capaces de debatir en los espacios públicos. A diferencia de la Retórica de Aristóteles, su tratado muestra una orientación más práctica que teórica, más educativa que metafísica.

 

En suma, hasta aquí hemos visto que la retórica tiene una dimensión política si la consideramos como a) una cualidad del lenguaje en general, b) una práctica y c) un modelo de enseñanza. Esa característica la encontramos también si consideramos el arte de la palabra como método, esto es, como una técnica teórica basada en principios, medios y fines. Sin embargo, ya encontramos que la retórica pierde en parte su función política cuando se aborda con un interés metafísico.

 

La teorización del arte de la palabra compete, sobre todo, a los filósofos. Luego de los logógrafos, orientados a la práctica judicial, y de los maestros de política, dedicados a la enseñanza, entran en escena Platón y Aristóteles, filósofos que ostentan cada cual su propia retórica. Ellos fundan el arte de la palabra en sentido estricto, esto es, la teoría del discurso eficaz. Platón, por una parte, tenía la pretensión de oponer a la persuasión política práctica de su tiempo, de carácter democrático, una retórica filosófica. Con este fin, plantea un conjunto estructurado de elementos artísticos cuya función es conducir las almas de los oyentes hacia lo bello y lo bueno. El filósofo se pregunta por la naturaleza artística de la disciplina. Es propiamente el fundador de la retórica filosófica o metafísica. Esta busca indagar la naturaleza (si es un arte o no), los elementos y las relaciones entre estos. Sin embargo, incluso en esta especie de arte de la palabra, el elemento político sigue teniendo un lugar importante: la retórica de sus adversarios, los llamados “sofistas”, no es un arte. En cambio, el filósofo muestra que el verdadero arte retórico es el suyo, en torno al cual elabora una teoría general, que también incluye la retórica política, pues su doctrina es de carácter universal (Yunis, 1996: 173-178).

 

Aristóteles sigue los pasos de su maestro, pero intenta reducir la retórica a la argumentación referida a las controversias en los tribunales, las asambleas y las reuniones cívicas. En la retórica política práctica de la época se empleaban fundamentalmente elementos éticos y patéticos. El filósofo los rechaza, pero a la postre se vio en la necesidad de integrarlos. Su definición de retórica es la siguiente: “facultad de observar lo persuasible posible en cada caso” (Retórica, 1355b25-27). Esta definición parece dejar de lado los asuntos políticos, pero no es así. Los rétores posteriores consideraron la definición incompleta, de manera que, al reutilizarla, la modificaron: emplearon la expresión “capacidad técnica” en vez de la palabra “capacidad”, y agregaron a la definición la expresión “en asuntos políticos”.[10] Con esta Retórica Aristóteles no pretendía que sus discípulos aprendieran a debatir en la asamblea, a litigar en los juzgados o a alabar a la ciudad y sus hombres en las celebraciones públicas. Su pretensión era más bien elaborar un método de análisis teórico de los mecanismos de persuasión. De cualquier modo, su mirada se dirige al ámbito político.

 

Por tanto, podemos observar que para Platón y Aristóteles el arte de la palabra tiene una clara dimensión política. La teoría retórica se vincula íntimamente con la práctica política. Observamos también que el segundo de ellos dividió esa actividad en tres ámbitos que corresponden a los tres géneros indicados. No debe extrañar esta clasificación de los discursos aplicada a una sociedad democrática como la ateniense. Sin embargo, en otras ciudades-estado existía una conformación diferente de los órganos de poder y, en consecuencia, no podría aplicarse la tripartición señalada. En Esparta, por ejemplo, los órganos y los mecanismos en la toma de decisiones no correspondían a los de Atenas. Podríamos afirmar, inclusive, que cada comunidad presentaba características propias. Más aún, la clasificación aristotélica de los discursos políticos no es única, aun aplicada al ámbito ateniense. Hubo otros sistemas aplicables a esa comunidad política. Isócrates presentaba un modelo más inclusivo y abierto que el aristotélico. De cualquier manera, la división tripartita se volvió ejemplar y canónica, debido a estar presentada con gran claridad. Por esto, a pesar de sus limitaciones y la confusión que puede provocar, nos basamos en ella no sólo para el estudio del vínculo multicitado entre retórica y política durante la época clásica, como lo hemos hecho hasta ahora, sino que también la tomaremos en consideración para el estudio de las épocas posteriores, la helenística y la imperial, aun cuando las condiciones se habían modificado sensiblemente.

 

En época clásica los pleitos legales eran un espacio de la lucha entre las facciones políticas. No sólo los casos públicos sino también los privados daban pie a debates de carácter público. El caso de Sócrates es un ejemplo común y corriente de cómo se relacionaban los asuntos privados y públicos en los tribunales. Con la caída del sistema político autonómico de las poleis griegas y el surgimiento de los reinos helenísticos, los tribunales, en los que antes participaban numerosos jueces elegidos mediante sorteo, son sustituidos por tribunales menos sometidos a los vaivenes de la política. De esta manera, en época helenística dejan de funcionar los procesos que tenían en el periodo clásico esa fuerte carga facciosa. Al suprimirse ese espacio de la democracia es natural que la importancia de la palabra disminuyera sensiblemente.

 

Sin embargo, los tribunales no se suprimen, sino que se modifican o sustituyen de acuerdo con las costumbres locales. Los asuntos públicos caen bajo la potestad del rey; los asuntos privados se someten a diferentes tribunales en los diversos lugares y épocas. En Egipto hay jueces llamados laodikai; en Babilonia, el tribunal del templo, y así sucedía en otros reinos. Entre la población griega, los dikasteria siguen funcionando, aunque ya han perdido su función política. En otros términos, se puede hablar no de desaparición de la actividad judicial, sino de un cambio sustancial y de una enorme diversificación. De cualquier modo, los procesos judiciales de carácter privado siguen requiriendo de una técnica de acusación y defensa, por lo menos aquellos limitados al ámbito propiamente griego. No debe extrañar, entonces, que en los primeros siglos del Imperio se produjeran obras que ponían especial atención en el litigio, y que floreciera el interés por los estados de causa y otros elementos muy propios de la retórica judicial.

 

También se ha llamado la atención sobre el decaimiento de la retórica política en condiciones en que las decisiones públicas no tienen ya la influencia de antaño. La Asamblea desaparece. Las comunidades se encuentran sometidas al dictado de los soberanos quienes ejercen su poder absoluto mediante funcionarios. Estos cambios indican un debilitamiento del arte de la palabra en los espacios deliberativos. Es cierto que se pierde este espacio, pero se crea uno nuevo. Fuera de los ámbitos propiamente deliberativo y judicial, la retórica epidíctica asume una función política, en particular en las relaciones interestatales. Al respecto, López Eire observa lo siguiente:

 

incluso en los tiempos de represión de la parresía o libertad de palabra, cuando la Retórica política ya no tenía cabida en la ciudad ni en el estado ni en el imperio sujeto por la áurea cadena de Roma, abandonando precavidamente la diafanidad del ágora para ocultarse en la lobreguez de la escuela, continuó siendo política de una especial manera y a escondidas. Pues, en efecto, allí siguió, fiel a su primordial objetivo, ejerciendo como podía y la situación política le permitía su natural función, a saber: disfrazando de ejercicios escolares y declamatorios los discursos que debieran ser pronunciados en público para con ellos persuadir a los conciudadanos. Conque ni aun allí, en lo oscuro y recóndito de las aulas, perdió la Retórica el norte que le marcaban su esencia y su vocación fundamentalmente políticas. (2000: 114)

 

Tal es el caso de la obra de Hermógenes, en cuyo corpus confluyen interesantes obras de carácter escolar. Otro ejemplo digno de citarse es Libanio de Antioquía, un maestro de retórica del siglo IV d. C., pagano militante, de quien se conservan discursos dirigidos al emperador, cartas y ejercicios preparatorios. De entre esos escritos destaca uno sobre conceptos educativos en Isócrates. En ese autor encontramos dos direcciones de la retórica: política y enseñanza. Libanio es maestro y es político exitoso. Afirma López Eire:

hace retórica política escribiendo elegantes discursos al emperador y espléndidas cartas a personajes importantes contemporáneos para impetrar de ellos, como debe hacer siempre un “rétor” digno de tal nombre, la protección del conciudadano o la comunidad débil injustamente agraviada y humillada por el quebranto de esas virtudes políticas que el experto en retórica debe defender sin tregua y a ultranza: la humanidad y la justicia. (2000: 117)

 

También de la escuela de Libanio salieron muchos oradores políticos quienes,

convertidos al Cristianismo, con gran disgusto y pesar del maestro, pronuncian discursos y escriben cartas del mismo tenor humanitario aunque ya desde sus sitiales de obispo y desde los escritorios de sus sedes episcopales. El ‘rétor’ de la Antigüedad Tardía se convierte así en obispo y la Retórica sigue siendo lo que siempre fue. (López Eire, 2000: 117)

 

En la Grecia clásica, la retórica, ya sea entendida como práctica, como enseñanza o bien como teoría, estuvo en todo momento vinculada a la política. No importa si de ella misma surgieron otras orientaciones literarias, sobre todo en ámbito latino. De cualquier modo, no dejó de ser esencialmente política. Como era un mecanismo de poder en manos de los ciudadanos, resultaba peligrosa para los gobiernos constituidos. Por ello hubo intentos desde antiguo por apagar su enseñanza. Cuenta Jenofonte en sus Memorables que al hacerse con el poder en Atenas, al término de la Guerra del Peloponeso (404 a. C.), los Treinta Tiranos prohibieron la enseñanza de la retórica.

 

Los problemas que causaba esta disciplina se manifiestan especialmente en Roma. Por tal motivo, se pretendió acallarla. Según refiere el historiador latino Gayo Suetonio Tranquilo (c. 70-post 126 d. C.) en una obra titulada Sobre los gramáticos y los rétores, en el año 161 a. C. el Senado romano aprobó un decreto que autorizaba al pretor Marco Pomponio a expulsar de Roma a los filósofos y maestros de retórica. Posteriormente, en el año 92 a. C., los censores publicaron un edicto con que se buscaba reprimir a los rétores latinos. El texto dice como sigue:[11]

 

Se nos ha referido que hay unos hombres que han establecido un nuevo género de enseñanza, y que en torno a ellos se congrega la juventud en una escuela; que ellos se han dado el nombre de rétores latinos; que allí los jovencitos holgazanean días enteros. Nuestros mayores establecieron qué cosas querían que aprendiesen sus hijos, y qué escuelas frecuentasen. Estas nuevas cosas, que se hacen contra la usanza y la costumbre de los mayores, ni nos agradan ni nos parecen correctas. Por ello nos ha parecido que debíamos proceder a mostrar, tanto a quienes tienen esas escuelas como a quienes han acostumbrado ir ahí, nuestro parecer: no nos place. (Gelio, Noches Áticas xv, 11)

 

Sin duda esos intentos tuvieron éxito. El historiador Tácito, contemporáneo de Suetonio, escribió una obra muy conocida: el Diálogo de los oradores. En ella, el personaje principal de nombre Materno se lamenta de la decadencia de la oratoria en un clima de falta de libertades políticas. Por tal motivo, Materno debió dedicarse a la poesía. El propio Tácito hizo a un lado la oratoria para dedicarse a la tarea de historiador. Pero más que los intentos por acallar la retórica, fueron los cambios ideológicos, el agotamiento de un mundo y la entrada de otro lo que produjo la modificación de los patrones retóricos, esto es, la adaptación de las viejas técnicas del arte de la palabra a las nuevas condiciones de producción, de circulación y de recepción.[12]

 

Al final de la época antigua, las circunstancias, los espacios y los sujetos cambian. El arte de la palabra se desarrolla con nuevos ropajes, adaptándose a las nuevas formaciones ideológicas. Podemos observar que, hasta el final del mundo clásico, el elemento político sigue siendo central en la retórica antigua. Podría decirse que ha perdido parte de su función política originaria, pero ha arropado otras áreas que antes quedaban fuera de su dominio. De esta manera, más que una pérdida, debería hablarse de una sustitución e incluso de adición.

 

San Agustín valora la enseñanza de la retórica que servirá a los nuevos fines de difundir el Evangelio. Es partidario de reutilizar los textos y las artes paganos en la defensa de la fe cristiana. La disciplina política se transforma en retórica religiosa. Este arte pierde aún más su función política durante el Medioevo, orientado ahora a otras funciones técnicas, como la del ars dictaminis, género epistolar que alcanzó espectacular desarrollo. La poética también está saturada de retórica. El dominio político se contrae; se expanden los campos de la religión, la literatura y la cancillería.

 

La reproducción de los textos clásicos durante el Renacimiento responde al deseo de los hombres de la época de preservar el ideal educativo superior desarrollado en la antigüedad. Se retoriza la dialéctica. Pero una recuperación del arte de la palabra de época clásica, caracterizada por su función política, resulta imposible. Ni siquiera es factible recuperar los elementos del arte de época posterior del mundo antiguo, más epidícticos y menos políticos. Las condiciones de producción, circulación y recepción son enteramente diferentes. Por si fuera poco, con la llegada del modernismo, la práctica del arte del discurso se va arrinconando en las aulas, en las bibliotecas, desmembrada y reducida a alguna de sus partes. Ahora sí la retórica política agoniza. No hay sustitución de una cosa por otra. Sólo pérdida. En general, los pensadores modernos abominaron de la retórica, reduciéndola a un instrumento del engaño. La verdad poco tenía que ver con lo verosímil, propio de la retórica política. Sin embargo, reformularon una retórica filosófica, aunque no emplearan esa denominación. El principio básico era lo claro y lo distinto.

 

Los poderes totalitarios reconducen la teoría y la praxis a uno de sus ámbitos originarios: la enseñanza, despojada ya de los elementos políticos de antaño. La Revolución Francesa, explosión de la práctica retórica deliberativa, no lleva a una recuperación de la teoría, a un renacimiento de la paideia del discurso público. Finalmente, durante el siglo XIX, el arte del discurso, reducido y desfigurado, estigmatizado y despreciado, pierde su último reducto: las aulas de las universidades. En la primera mitad del siglo XX, el interés por esos estudios es una pequeña flama. La práctica del discurso político reproduce los patrones autoritarios de la época. La retórica de Hitler es el ejemplo extremo de una retórica unida a la violencia y depositada en las manos de una sola persona. Pero la teoría ya no tiene vigencia.[13]

 

Sin embargo, con la caída de los regímenes totalitarios con que concluye la Segunda Guerra Mundial y la ampliación de las libertades, se verifica un renacimiento no sólo de las prácticas del discurso democrático, sino también de la disciplina que las estudia. La retórica resurge en uno de los ámbitos de la política: el judicial y, sobre todo, en una de las partes de la antigua retórica: la argumentación. Así, la “Nueva Retórica” de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca (1958) constituye un retorno al antiguo arte de la palabra. Resurge en el campo de la filosofía y retoma sustancialmente a Aristóteles. Ello explica que la retórica aspire de nuevo a ser antistrophé de la dialéctica. Sin embargo, es necesario aclarar que no puede la nueva retórica aspirar a ser una reproducción de la clásica. Para que ello sucediera deberían volver a funcionar los tribunales de 201 miembros, las asambleas con la participación directa de ciudadanos para la toma de decisiones y las grandes conmemoraciones cívicas. El ámbito jurídico en que renace la retórica no tiene ya la función política que tuvo antaño. Además, los parlamentos y los regímenes presidenciales no hacen posible la regeneración de aquella disciplina. En sentido estricto se trata de una nueva retórica que reutiliza los elementos del antiguo arte de la palabra.

 

En la segunda mitad del siglo pasado surgen otras disciplinas que pasan a ocupar partes de la antigua materia de la retórica: la lingüística, la literatura, la crítica literaria, la argumentación, la pragmática, la semiótica o la lógica informal, etcétera. La lingüística pragmática otorga al lenguaje como función esencial la interacción verbal y como finalidad influir en la manera de pensar y de obrar del destinatario, de modo que la visión de la comunicación se expande a los problemas ideológicos. La pragma-dialéctica vincula la retórica con medios del razonamiento dialéctico conversacional. La semiótica analiza la producción de signos, incluidas las figuras de elocución y de pensamiento. Sin embargo, los problemas que quieren resolver estas y otras corrientes del estudio del discurso difieren en buena medida de los propiamente retóricos. Nos vemos reducidos al argumento, a la figura, al signo o a los fenómenos del lenguaje o de la conversación. Podrán algunas de estas nuevas disciplinas del discurso acercarse a la teoría retórica de Aristóteles, pero sólo se aproximan a este filósofo, y se alejan de otras doctrinas, como la filosofía discursiva de Isócrates. A ello se agrega que las orientaciones actuales de esa disciplina son más hermenéuticas que productivas, más filosóficas que educativas y más teóricas que prácticas.

 

Los actuales sistemas políticos occidentales, principalmente los parlamentarios, son menos autoritarios que los que nos precedieron en época moderna. Las semejanzas que tienen con las antiguas formas políticas propician el “renacimiento” de la retórica política, sin duda menos democrática en su esencia, pero sí más amplia y rica en sus orientaciones y aplicaciones. No son la asamblea, ni el foro, ni las grandes conmemoraciones cívicas de la antigüedad clásica donde hoy se desarrolla la retórica política, sino las campañas electorales, el debate parlamentario, el periodismo, los poderosos medios de comunicación y la tecnología digital que hacen uso amplio e intenso de los procedimientos retóricos.

 

Ante lo anterior, podría pensarse que las técnicas discursivas de la antigüedad sistematizadas por la retórica son hoy obsoletas, y que no tienen futuro. De modo más adecuado debería decirse que son diferentes y que algunas de ellas se han actualizado, con bastante éxito. Así como sucedió en la antigüedad tardía, la retórica vuelve ahora a adaptarse a las nuevas circunstancias sociales y culturales. No es lo mismo hoy que antes. Pero no sólo hay ganancias. También hay pérdidas. Una de estas es que la retórica clásica daba mayor importancia a la eficacia discursiva cara a cara, y consecuentemente produjo una técnica multiforme para hacer que la palabra fuera un poderoso mecanismo de persuasión en esas circunstancias singulares. Hoy no podremos desarrollar esas prácticas, pero sí podemos recuperar los mecanismos retóricos ideados entonces para la producción y la interpretación del discurso político-social.

 

Aunque inevitablemente la retórica antigua no es lo mismo que las actuales disciplinas del discurso, el estudio actual de la dimensión política de la retórica deberá atender la experiencia de los griegos y romanos de la antigüedad en este campo. Hoy hemos recuperado parte importante del legado antiguo, y podremos continuar actualizando otros principios y estrategias para enfrentar los modernos arcana imperii de la comunicación, muy propensos a la manipulación, y fortalecer así la transparencia discursiva y el debate abierto.

 

Bibliografía

 

Textos y comentarios

 

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                                           Recibido: 15/02/2011 | Aceptado: 05/03/2011


 

[1] Este tipo de estudios es importante sobre todo en el ámbito anglosajón. El campo abordado es muy amplio: discursos fundacionales del estado, retórica presidencial y parlamentaria, judicial, política exterior y derechos civiles, entre otros. Un trabajo dedicado en especial a la Grecia antigua es el de Yunis (1996), con una amplia bibliografía en las páginas 293-310. En noviembre de 1997, la Asociación española de estudios sobre lengua, pensamiento y cultura clásica organizó en Salamanca, España, un congreso internacional sobre “Retórica, política e ideología. Desde la antigüedad hasta nuestros días”. Las actas se encuentran publicadas en Labiano Ilundain, López Eire y Seoane Pardo (1998) y Cortés Gabaudán, Hinojo y López Eire (2000). La Fundación Práxedes Mateo-Sagasta ha difundido el programa del symposium internacional “Retórica, prensa y poder: el siglo de Sagasta”, celebrado en Logroño (La Rioja) del 28 al 30 de octubre de 2009. La Universidad San Pablo Ceu de Madrid ha organizado el I Congreso Internacional de Retórica Política “Retórica política: Historia, actualidad, perspectivas de futuro”, celebrado en enero de 2011. En el ámbito latinoamericano se han celebrado reuniones importantes. En 1998 y 2003 se organizaron en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) dos congresos internacionales de retórica donde, entre otros temas, se abordó la retórica política (cf. Beristáin, 2002, en particular: Caballero López, 2002; Del Río Sanz, 2002; y Beristáin y Ramírez Vidal, 2009). En Buenos Aires se celebró el I Coloquio Nacional de Retórica y las I Jornadas Latinoamericanas de Investigación en Estudios Retóricos, los días 17, 18 y 19 de marzo de 2010. El tema de esas reuniones académicas fue Retórica y política”. Las actas de esos encuentros pueden leerse en Vitale y Schamun (2010). Entre otros muchos títulos pueden consultarse: Vianello (1993) y López Eire y Santiago Guervós (2000); López Eire (2000 y 2007), Velasco Gómez (2000), Gutiérrez (2008) y Puig (2008).

 

[2] La polémica se establece en el campo de la teoría del arte y en la idea de progreso. En el aspecto político-social, la descalificación que más pesa en contra de los antiguos es el modo de producción esclavista, que se hace de manera ligera.

[3] Este sentido difiere de otros, como el incluido en el Diccionario de la Real Academia Española, 22ª edición (2001), s.v. “Política”, definición núm. 9: “actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo”, donde la participación del ciudadano se encuentra muy limitada. En la Grecia antigua, el término “política” se empleaba en sentido amplio, como los asuntos relativos a la ciudad o al Estado del que se es ciudadano. En su sentido aristotélico, el núcleo originario de la comunidad política es la familia; la asociación de familias da origen a la aldea y a la ciudad. Para nuestro propósito, habrá que resaltar que la palabra distingue al hombre de todo animal gregario (Aristóteles, Política I 1). Sin palabra no puede existir el hombre, que es entendido precisamente como “animal político”, pues ella es el instrumento que permite la convivencia.

[4] Lo anterior no quiere decir que no hubiera retórica, incluso en un sentido técnico, en otros ámbitos de las manifestaciones culturales. El propio Platón, en el Fedro y en las Leyes, propugna por una retórica universal que abarque tanto el discurso político como el individual (cf. Yunis, 1996: 174 et passim). Debe diferenciarse de la retórica política la literaria, la filosófica, la religiosa, la conversacional, etcétera.

[5] Esta función se manifiesta en el ámbito médico, al considerarse la palabra como un fármaco eficaz en la curación tanto de enfermedades físicas como mentales. Cf. Laín Entralgo (2005). El sofista, maestro y orador Antifonte de Ramnunte estableció una clínica en Corinto para curar mediante la palabra males psíquicos que aquejaban a sus pacientes.

[6] Excepto que se indique lo contrario, las traducciones del griego al español me pertenecen.

[7] Aristóteles distinguió y limitó al mismo tiempo los géneros retóricos. Habrá que hacer las siguientes observaciones: a) La clasificación tripartita: symbouleutikós, dikanikós y epideiktikós, no es funcional en el dominio de la política (menos aún en el de la literatura, de la religión, etcétera); b) Los géneros políticos no pueden limitarse sólo a tres. Por ejemplo, el dictamen del juez entra en este dominio tanto como los discursos de los oradores, a los que se limitó la retórica clásica. Sin embargo, para nuestro propósito que es ofrecer una presentación general, esa tripartición es suficiente; c) Aristóteles precisa muy claramente los términos que él emplea, pero en español no existen palabras que correspondan exactamente a las griegas. Utilizamos la expresión “retórica política” para englobar los tres géneros indicados: en vez de la palabra symbouleutikós empleamos “deliberativo”, y de dikanikós, “judicial”.

[8] Cf. Liddell y Scott (1940). Por ejemplo, en Hécuba (v. 124), Eurípides designa a los dos hijos de Teseo que debaten en la asamblea de los aqueos como mython rhétores. También aparece en sentido negativo, como en Isócrates (Sobre la paz VIII, 129): “de los malos oradores y demagogos”. En Atenas hoi rhétores son los dirigentes políticos que subían a debatir en la Asamblea, asunto estudiado por Hansen. Aunque este es el sentido más importante, puede también significar abogado o juez (Sófocles, Fr. 1090). En época tardía va a predominar el sentido de “maestro de retórica”.

 

[9] También se utilizaba la palabra demagogós, pero en los textos literarios antiguos esta tenía ya el sentido peyorativo con que ahora la utilizamos.

[10] Cf. Spengel (1828: 223), donde el autor anónimo de un Prolegomenon a la retórica (Cod. Monac. CCCXXVII, fol. 1) atribuye esta definición a Dionisio de Halicarnaso. La dýnamis no es una facultad natural, sino una capacidad intelectiva, en este caso basada en un método. En ese sentido es técnica.

[11] Ambos casos se encuentran en Suetonio, De grammaticis et rhetoribus, xv 1, retomado por Aulo Gelio, Noches Áticas xv, 11. Utilizo la traducción de A. Gaos (2006: III, 159-162).

[12] Pernot (2000: 171-177) presenta otros ejemplos que se refieren a la decadencia de la retórica política, pero también testimonios que plantean la idea del renacimiento de la retórica. Pernot concluye que “no se debe hablar ni de decadencia ni de renacimiento, sino de reorganización” (2000: 177). Por nuestra parte preferimos hablar de “sustitución” parcial de un tipo de retórica por otra. No podrá negarse que en época imperial la retórica política se reduce considerablemente, pero al mismo tiempo hay una ampliación del estudio de las técnicas discursivas. Desde el punto de vista cuantitativo, hay una gran diferencia que se hace patente en la rica producción de artes de los tres primeros siglos de la época del imperio frente al reducido número de obras de ese género escritas durante los tres siglos precedentes del periodo helenístico. La “sustitución” nunca es completa, pues una parte más o menos amplia de los principios y elementos retóricos siguen vigentes. La retórica está marcada por la tradición y por la innovación.

[13] Sirven a este fin libros como Mi lucha, que es una forma de exposición de elementos retóricos que debían emplear los seguidores alemanes del nacional-socialismo en su camino al poder. Son característicos de esta “teoría” retórica el ethos del dirigente, los tópicos de la raza y de las masas, el estilo agresivo, la actio altisonante y los elementos paraverbales suntuosos que buscan impresionar tanto a partidarios como a adversarios. Además, esa retórica no sólo se basa en los recursos orales sino también en las acciones violentas, bajo la consigna de que la violencia se combate con más violencia.