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Angenot, M. (2008); Dialogue des sourds. Traité de rhétorique antilogique. París: Mille et une Nuits. 455 pp. ISBN 978-2-84205-992-7.

Roberto Marafioti

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La teoría de la argumentación reconoce diferentes posturas teóricas que se han ido consolidando a lo largo de la historia. Entre éstas se encuentran, a partir de la finalización del decenio de los años 50, las obras de Chaïm Perelman y de Stephen Toulmin, que se convirtieron en una suerte de paradigmas del campo de estudio argumentativo. No obstante, las preocupaciones centrales de estos autores no eran coincidentes. En el primer caso, los horrores de la guerra le hacen reflexionar en torno de la justicia y los mecanismos judiciales que pueden arbitrar para que hechos considerados traumáticos no se vuelvan a repetir. La posibilidad de encontrar mecanismos para la solución de los conflictos y la persuasión del auditorio en relación con las estrategias argumentativas figuran entre los puntos fundamentales de su reflexión. Es a partir de esta preocupación que se reencuentra con Aristóteles y su retórica y por ello produce una reactualización de sus métodos y finalidades.

 

El caso de Toulmin es diferente. Discípulo de Wittgenstein, también participó en la guerra pero su objetivo era el estudio de la epistemología y de los límites que en ella descubría. Su trabajo apunta a describir las argumentaciones en diferentes campos epistemológicos. Eso lo lleva a proponer un modelo que inicialmente no estaba destinado a ser tal pero que con el transcurso del tiempo fue visto como un mecanismo descriptivo de la forma que empleamos los humanos cuando argumentamos. La obra posterior de Toulmin es una prueba elocuente de lo que venimos afirmando, ya que su preocupación central fue cuestionar el modelo cartesiano de ciencia y pensar en perspectivas más amplias que describieran los modos de pensar y de argumentar.

 

No obstante, tanto Perelman como Toulmin coinciden en cuestionar la ciencia moderna y su vocación de certeza incuestionable. Para ambos esta es una limitación que en definitiva lleva a pensar en la falta de unidad del sujeto humano. Tema este ya muy transitado en la actualidad.

 

Estos dos autores, como dijimos, son los que han tenido mayor difusión. Sin embargo, hay que reconocer que existen otras perspectivas que se han ido desplegando. La lógica informal, por ejemplo, es un cuestionamiento a la lógica clásica y su descripción acerca de los modos de razonamiento. La corriente conocida como pragmadialéctica, con la producción de Frans van Eemeren, es otra posición teórica con bastante arraigo en el ámbito de estos estudios.

 

Todas estas corrientes parten de situaciones en las que alguien propone un enunciado y alguien lo cuestiona o no está de acuerdo, por lo que resulta necesario someter a distintos mecanismos esa afirmación. El quiebre del equilibrio comunicativo se restablece cuando el auditorio es persuadido, cuando se respetan las leyes de pasaje o cuando las reglas de la comunicación son mantenidas sin alteración. Pero el meollo de la cuestión es que siempre el diálogo subsiste y la relación entre los interlocutores se mantiene porque existe una voluntad de acuerdo y de restablecimiento de un quiebre entre las opiniones sometidas a confrontación.

 

Diálogo sin diálogo

Pero puede suceder, como de hecho ocurre cotidianamente, que entre los interlocutores o entre los auditorios no haya voluntad de ponerse de acuerdo y de modo deliberado no se acepten las propuestas argumentativas. El ámbito del discurso político es un territorio muy fértil para advertir esta realidad. No es el único: el discurso religioso o, incluso, el científico dan cuenta de esta circunstancia. ¿Qué actitud adoptar frente a esta situación? ¿Cómo describir un contexto en el que los seres humanos no quieren saber nada uno respecto del otro?

 

Esta realidad es la más difícil de trabajar para quienes estamos interesados en el análisis del discurso, los problemas retóricos o las situaciones en las que los sujetos de manera obstinada tratan de argumentar para ganar la voluntad de sus oyentes con cualquier arte. Por eso es que nos interesa revisar una obra de Marc Angenot que se ocupa específicamente de situaciones en las que la falta de acuerdo es la característica más relevante.

 

El texto que reseñaremos aquí es del año 2008, su nombre es Dialogue des sourds. Traité de rhétorique antilogique y todavía no ha sido traducido al español. Se trata de un trabajo minucioso, exhaustivo y detallado que reitera la profundidad de otras obras de su autor.

 

Si nos detenemos en los temas que trata veremos que la referencia acerca de la vastedad y profundidad de los puntos tratados es sumamente extensa. En efecto, el índice contiene cinco capítulos y cada uno de ellos a su vez abarca un conjunto amplio de temáticas.

 

La Introducción se refiere a "Las desventuras de la retórica". El primer capítulo alude a "El arte de argumentar, desde los sofistas a los posmodernos: veinticinco siglos de disputas". El segundo capítulo apunta a "Reglas del debate y normas de la argumentación. El tercero, Los grandes tipos de lógicas argumentativas". El cuarto trata acerca de la "Doxa y el desvío personal" y el capítulo quinto cierra el libro con la "Conclusión".

 

Se trata de una obra de 455 páginas que busca responder a una serie de sugestivas preguntas que, para quienes se interesan en temas vinculados con la retórica y la teoría de la argumentación, no pueden ser soslayadas. La primera pregunta que se formula surge de una constatación bastante evidente: los seres humanos argumentan todo el tiempo pero existe la evidencia de que se persuaden poco. Entonces corresponde la interrogación: ¿por qué si los seres humanos se persuaden tan poco, persisten en argumentar? Se trata entonces de la comprobación de un fracaso y, al mismo tiempo, de una evidencia: una perseverancia en el esfuerzo de argumentar.

 

Corresponde entonces volver a Aristóteles en cuanto a la definición de retórica que propuso como "el arte de persuadir a través del discurso" y matizar sus consecuencias, ya que no es lo habitual el ser persuadido sino todo lo contrario. Aristóteles propone el empleo de una técnica que lleva a la decepción. No deja de ser sugestiva la constatación.

 

Obstáculos argumentativos

La hipótesis central de Angenot apunta a que, en las polémicas que se dan en la vida cotidiana, las dificultades de la comunicación argumentada y los fracasos de la persuasión se deben no a los desatinos que puede cometer una de las partes sino a la existencia de obstáculos de las lógicas argumentativas:

 

Si la incomprensión argumentativa tuviera que ver sólo con el malentendido, bastaría con destaparse los oídos, ser paciente y benevolente, prestar más atención. Pero quizás en algunos casos –esos casos que un filósofo postmoderno clasifica entre los "diferendos"[1]-, los humanos no comprenden sus recíprocos razonamientos porque, hablando la misma lengua, no emplean el mismo código retórico. Esta noción de "código" supone que para persuadir, hacerse comprender argumentativamente y para comprender al interlocutor, hay que disponer, entre las competencias movilizadas, de reglas comunes acerca de lo argumentable, de lo cognoscible, así como de lo debatible y de lo persuasible. De donde se sigue que surge un problema mayor si esas reglas no están reguladas por una Razón universal, trascendental y antihistórica, si esas reglas no son las mismas para todo el mundo y en todas partes.[2] (Angenot, 2008: 15)

 

Los lenguajes públicos, las argumentaciones y los discursos que coexisten en un determinado estado social, se distinguen entre sí por la divergencia de puntos de vista, por la disparidad de datos retenidos y formulados, por la incompatibilidad eventual de los vocabularios y por los esquemas nocionales que conforman esos datos, también por la discordancia de las premisas y las conclusiones y por la oposición de los intereses que mueven aquellos que los producen. Se interroga acerca de si esos discursos: "¿No están divididos más radicalmente, de un modo insuperable, por caracteres cognitivos, especialmente por lógicas argumentativas, heterogéneas, discordantes, divergentes e incomponibles?" (Angenot, 2008: 14).

 

Y es allí en donde aparecen los diálogos de sordos que se convierten más en la regla que en la excepción. Los malentendidos respecto de las ideas y las controversias permanentes forman "familias de espíritus", distanciamientos en cuanto a la manera de comprender el mundo, descubrirlo y organizar el sentido antes de llegar a constituirse en convicciones. A menudo los diálogos de sordos que se dan en la vida pública, en el ámbito político o en contextos religiosos se prolongan en el tiempo en más de una generación y los problemas centrales desaparecen cuando los adversarios se esfuman o emergen nuevas generaciones que interpretan el sentido de las cuestiones en juego de un modo más lábil y flexible que las generaciones anteriores. El apasionamiento y el arrebato quedan como extravagancias del pasado y se devalúan los términos de la disputa o se convierten en obsoletos.

 

Surge de inmediato una interrogación inevitable: entonces, ¿los fundamentos de las tesis sostenidas son racionales, evidentes, demostrables, cognoscibles? Aparece entonces una actitud que se reitera desde tiempos inmemoriales que es la percepción del otro como "loco", "irracional" o "perturbado". En consecuencia, quienes así operan deben ser arrasados del campo de la polémica. San Jerónimo afirmaba que "Nos juzgamos recíprocamente del mismo modo; unos y otros parecemos locos" (Angenot, 2008: 7).

 

Angenot ubica a lo largo de la historia tres exclusiones que se fundan en la unidad de la razón. La primera es la ubicación del pensamiento del otro como primitivo o prelógico (no ilógico ni antilógico). Se trata del pensamiento que construye las argumentaciones a partir de la conspiración, de la causalidad diabólica que supone un rechazo absoluto a la lógica causal pero que opera en nuestras sociedades de manera permanente y reiterada. Piénsese en el fundamento de George W. Bush para la invasión a Irak y se podrá ver allí, en parte, el empleo de este tipo de argumentación sostenido sobre la base de la conspiración del Mal encarnada en los pueblos musulmanes.

 

La segunda tiene que ver con la ubicación del pensamiento del otro como infantil. En este caso la descalificación se vincula con la escasez de recursos del otro ya sea en términos de conocimientos o en la forma de conectar esos razonamientos. Es un mecanismo que se apela dentro del debate político para la descalificación de aquel que, por no tener experiencia de gobierno, es descalificado por la falta de conocimiento de las dificultades de la acción gubernamental.

 

Finalmente, la tercera exclusión es la del pensamiento loco que se ubica próximo al de los idiotas o los delirantes. Incluso en algunos casos se puede reconocer cierta veracidad en lo expresado pero, de inmediato, se lo descalifica porque proviene de alguien que ha perdido la razón. Don Quijote podía decir verdades pero en su conjunto no puede ser tenido en serio porque es un alienado. Los socialistas utópicos eran vistos como alucinados e inadaptados aunque algunas de las injusticias que denunciaban pudieran ser tomadas como ciertas.

 

¿"Irracional", "Racional"?

Angenot retoma las polémicas provocadas por las palabras "racional" e "irracional". Son dos conceptos que tienen un alcance claro sobre todo en los contextos polémicos porque se puede entonces identificar a lo que apuntan. La causalidad diabólica, el estilo paranoide, el pensamiento gnóstico, los razonamientos del resentimiento, la razón instrumental son calificados de irracionales por unos y por otros -y especialmente por aquellos que los nombran primero-.

 

"Irracional" es un término de condena de lógicas diferentes a la propia, término cuyo contenido varía según la posición del enunciador. Se puede en principio observar sociológicamente que muchos encuentran que sus contemporáneos cometen desatinos -y que esto es, lógicamente, recíproco-. Se puede notar que están más desorientados al ver a otros sujetos racionales en un momento y totalmente fuera de sí al minuto siguiente y luego se continúa la disertación y se argumenta del mismo modo.

 

El explotado que se ubica del lado del patrón en una huelga o el hambriento que no roba un pan no es más "racional" que aquellos que manifiestan la fe en una revolución. Sartre sostenía "Siempre hay razón para hacer la revolución" (Angenot, 2008: 420): un propósito irracional para quien no comparte su perspectiva. Es sólo desde el punto de vista de las propias convicciones que se puede adherir a otro una etiqueta u otra.

 

Lógica, racional, razonable, forman tres términos que se cruzan mal y en el equívoco (porque todo lo que se califica de lógico no será necesariamente para uno u otro razonable y viceversa). Todos los pensadores que se llaman "racionalistas" denuncian alrededor de ellos las formas degradadas, perversas, absurdas de pretendida racionalidad. No creen en este sentido en una pretendida universalidad de la razón. Así Popper en las Conjectures denuncia y desmonta la "pseudo-racionalidad" del historicismo y el espíritu de utopía.

 

Acerca de la irracionalidad como la racionalidad de las nociones normativas, ni filósofos ni psicólogos se ponen de acuerdo sobre la naturaleza y el lugar de esta norma. En el fondo, lo que es racional es lo que se puede comprender y lo que se puede acordar. De manera que calificar al adversario de irracional no es más que un noise of disapproval, un chasquido de lengua para decirle que no se lo comprende. Es un razonamiento circular. Lo descabellado es a menudo esa situación o esta decisión con la que no se puede compartir el pathos. Lo descabellado es una categoría afectiva. Porque si se pretende hablar de racionalidad de los comportamientos, se deben considerar que las opciones y las decisiones de los otros a menudo son dilemas, y los dilemas tienen su lógica que no se puede considerar más que si uno se involucra en la situación dilemática. ¿Es racional que rechace hacerlo pretendiendo que las necesidades que no se aprueban no deben existir? Se comprueba que la acusación de desatino tiene que ver a menudo con la apatía del observador. Quien observa en lugar de actuar, juzgando la acción desordenada, imprudente, violenta de los otros como desatinada, se dice: ¿cómo es que en el vértigo de la acción no ven lo que uno ve tan claro?

 

Otra especificación de lo "racional" hace a la palabra más precisa pero desemboca en dificultades no menores: consiste en confundirla con la coherencia. No se debería llamar racional a un discurso que se contradice de manera latente o patente. La coherencia es una noción contenciosa. Ser ingeniero, físico y, al mismo tiempo "profundamente católico", para el agnóstico contradictorio, es vivir incomprensiblemente desdoblando la personalidad razonante y, en consecuencia, ser irracional es casi patológico.

 

Los sistemas ideológicos son siempre más coherentes y mucho más en blanco y negro que las observaciones sociológicas, pacientes, parciales y poco conclusivas. Quien adhiere a un sistema tiene el sentimiento vivo de su coherencia y de la justicia de su coherencia, en tanto que el práctico se pregunta acerca de si la coherencia extrema no es un gran indicio de irracionalidad. Es justamente porque ser lógico, demasiado lógico, es una forma conocida de cometer desatinos desde la Antigüedad; un topos recurrente opone a la razón un correctivo altamente deseable que se lo designa como "sabiduría" pues no basta con ser capaz de argumentar correctamente.

 

En suma, no existe una concepción estable y unificada de la razón como lo testimonian los debates de los lógicos, de los filósofos y de los epistemólogos.

 

Reglas del debate

Cualquiera que haya leído hasta aquí esta reseña puede sospechar que Angenot evita la formulación de reglas y deja de lado la propuesta de un modelo de la argumentación. Y, en parte, ello es así, pero al mismo tiempo pasa revista a cada uno de los mecanismos que se han empleado para descubrir los recursos argumentativos. Conoce al detalle las reglas de los actos de habla y, si bien ve en ellos las limitaciones que cualquiera puede advertir en el ámbito cotidiano, no deja de tomar en consideración su empleo y los recursos que brindan a la hora de encarar un debate.

 

Una situación similar ocurre con el uso del razonamiento abductivo que se analiza en detalle en sus distintas modalidades, como razonamiento contrastivo, como razonamiento que descansa en las causas, como abducción conspirativa y como arbitraje de abducciones que se manifiesta cuando las causas de determinadas argumentaciones no ofrecen solución y se quedan en dilemas que, en cada caso, supondrán una forma diferente de encarar las problemáticas.

 

La apelación a diferentes disciplinas y a autores con posiciones divergentes permite al autor navegar por un océano de mecanismos y de herramientas del razonamiento que hace que se convoquen a las más plurales disciplinas para demostrar las dificultades que tiene el discurso argumentativo.

 

La propuesta de Angenot intenta vincular la retórica, el análisis del discurso, la historia de las ideas y todos aquellos territorios de las ciencias sociales que involucran creencias y discursos. La compartimentación de disciplinas y problemáticas son consideradas como nefastas para la reflexión ya que dejan de considerar la cuestión del razonamiento puesto en discurso.

 

La retórica antilógica deberá tomar en cuenta la pragmática lingüística, la lógica, la psicología cognitiva, las filosofías del lenguaje sumando a ello el estudio de la argumentación y la persuasión pero concebidos ante todo como fenómenos históricos y sociales. Los tratados de retórica atemporales entraron en la historia. Los modelos abstractos de la argumentación tienen la limitación de no considerar los contextos y los ámbitos históricos en los que se despliegan las herramientas argumentativas.

 

Por eso los discursos deben concebirse como hechos sociales e históricos y la retórica conforma una parte esencial de esos estudios. Nada es más específico y más complejo respecto de los momentos históricos, los estados de la sociedad y los grupos sociales en conflicto que lo narrable y lo argumentable. La narración y la argumentación son los dos polos principales, en las variables históricas considerables, del conocimiento discursivo. Es particularmente útil y revelador para el estudio de las sociedades, de sus contradicciones y de su evolución, el estudio de las formas de lo decible, los géneros discursivos y los topoiem> que allí se producen, se legitiman, circulan, compiten, emergen o se marginalizan y desaparecen.

 

El analista del discurso debe contactarse y vincularse con el historiador y el sociólogo -con sus objetos y métodos particulares-, próximo a quien estudia la psicología cognitiva, la historia de las culturas, la sociología de la opinión, de las creencias, de las ideologías políticas, la ciencia política. Todo aquello que es dicho y escrito no resulta nunca aleatorio ni inocente. Una discusión doméstica tiene sus reglas y sus roles, su tópica, su retórica y su pragmática y sus reglas no son, con seguridad, las que brotan de un mandato episcopal, de un editorial de un diario financiero o de la profesión de fe que brinda un candidato a diputado o a presidente. Tales reglas no se derivan de un código lingüístico pero tampoco son intemporales. Forman un objeto particular, autónomo, esencial para el estudio del hombre en sociedad. Este objeto es la forma en que las sociedades se conocen hablándose, escribiéndose, la manera en la que el hombre en sociedad narra y argumenta.

 

Angenot se centra en la integración del análisis del discurso en el orden general de las ciencias sociales. Tiende a alejarse del "texto" como centro de los estudios que imperaron en la moda intelectual de los últimos años del siglo XX en los estudios lingüísticos e incluso en aquellos que involucran a la filosofía y la historiografía. El análisis del discurso afirma como principio heurístico la necesidad de reconocer las formas, los contenidos y las funciones. Aquello que se dice, la forma en la que se dice, quién puede decir qué a quién y según qué funciones aparentes u ocultas. Impone el reconocimiento de las posiciones de cada actor en el circuito comunicacional y los resultados probables que pueden desencadenar los enunciados. Las prácticas del lenguaje conforman totalidades funcionales analizables según perspectivas diversas, pero de allí se conforma una unidad que resulta indisociable.

 

A partir de estas condiciones ya no puede pensarse en una teoría de la argumentación que subsista de manera aislada. El análisis argumentativo es primero inseparable del conjunto de los hechos de discursividad, como es inseparable el vínculo entre las diferentes disciplinas. No se puede dar entonces una retórica sin tópica, sin una historia del discurso social, de la producción histórico social de lo probable, lo opinable y de lo verosímil. No puede haber pues una retórica ni una dialéctica escindidas de una narratología y de una semiótica de lo descriptivo y, más generalmente, de las esquematizaciones que subyacen al discurso y éste manifiesta en enunciados.

 

En la ocurrencia simultánea de lo descriptivo, de lo narrativo y lo argumentativo se ponen en marcha los mecanismos de deducción y de inducción pero también de abducción en el origen de todo proceso intelectual, ya que se trata de "encuadrar" hechos heterogéneos en una inteligibilidad nomotética, paradigmática o secuencial. Finalmente, la dialéctica (en el sentido aristotélico) es dialógica: quien enuncia construye un destinatario virtual, pero de modo simultáneo imagina adversarios, testigos, autoridades, objetores, interlocutores:

 

Todo debate de ideas supone no un espacio vacío en el que se construye una demostración, sino la intervención en un discurso social saturado, cacofónico, profuso de ideas que se corresponden con la moda imperante, repleto de prejuicios, de banalidades y de paradojas, en las que todos los argumentos posibles son empleados, marcados, interferidos y parasitados. (Angenot, 2008: 419)

 

Angenot muestra que las divergencias de lógicas y de obstáculos argumentativos se manifiestan constantemente en los análisis concretos y que es preciso tomarlas globalmente. Los análisis parciales y los conceptos disponibles en la tradición retórica restringida son poco operativos, contradictorios entre sí y de factura arcaica.

 

Su propuesta es invertir el recorrido heurístico rutinario de los estudios retóricos, de los estudios acerca de la doxa, las creencias y las opiniones públicas. No se requiere tomar como puntos de partida, para contradecirlos en el curso de los análisis, los paradigmas de racionalidad unificada, del debate bien regulado o los litigios susceptibles de adelantamiento racional.

 

La tarea primordial de la retórica resulta ser el estudio de las divergencias y obstáculos gnoseológicos y argumentativos en toda su diversidad. No es una cuestión especulativa, sino un problema empírico que requiere de una multitud de estudios de terreno y de evaluaciones concretas de las distancias y de los niveles de malentendidos. Corresponde a la retórica objetivar e interpretar las heterogeneidades "de mentalidad" y los diálogos de sordos comprobados, y caracterizar y clasificar las lógicas divergentes que subyacen a las así llamadas ideologías. Los razonamientos y más ampliamente las formas de esquematizar el mundo a partir del discurso son cosas que se pueden observar en sus orígenes, sus recurrencias, sus aspectos dominantes y sus eficacias. Pueden describirse, situarse en el tiempo y en el espacio, distinguirse y clasificarse. Estos razonamientos y relatos de uno mismo y del mundo integran indisolublemente las experiencias, los sufrimientos y las esperanzas.

 

 

Roberto Marafioti

  Universidad de Buenos Aires

(Argentina)


 

[1] Jean-Francois Lyotard distingue entre litigios y diferendos. ¿No debería explicar la diferencia?

 

[2] Todas las traducciones de aquí en adelante son mías .