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Argumentación didáctica y argumentación polémica en la prensa política de la primera mitad del siglo xx: el Anuario Socialista argentino como artefacto retórico

Didactic argumentation and polemic argumentation in the political press of the first half of the 20th century: the argentinian Socialist Yearbook as a Rhetorical device

Laura Eisner

Universidad de Río Negro

(Argentina)
lauraeisner@gmail.com

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Resumen

En este trabajo presentamos un estudio longitudinal de las modalidades de argumentación que predominan en el Anuario Socialista, publicación de difusión doctrinaria editada por el Partido Socialista argentino entre 1928 y 1951, y que se inscribe en la tradición genérica del almanaque popular. A través del relevamiento de las estrategias retóricas que se ponen en juego en la publicación, analizamos su ubicación relativa en ese conjunto heterogéneo que conforma el discurso social y, por otra parte, las tensiones entre las diferentes “duraciones” discursivas que la atraviesan y sus cambios a lo largo del período estudiado. Abordamos el Anuario como un artefacto retórico complejo, conformado por múltiples componentes con configuraciones semióticas y funciones comunicativas diversas (crónicas, informes, relatos, estadísticas, manifiestos, biografías, poemas, fotografías, publicidades, por mencionar algunas). En primer lugar, por medio de un análisis microdiscursivo, analizamos cómo, en una primera etapa de la publicación, que se extiende hasta 1937, y apoyándose en su heterogeneidad compositiva, el Anuario construye argumentación mediante una operación de montaje, que involucra la selección, recorte, secuenciación y enmarcado de artículos preexistentes, y permite desplegar un tipo de argumentación didáctica (Courtine, 1983), adecuada a los modos de interpelación del Anuario respecto de su destinatario, destinada a instalar y reforzar la tópica socialista de la época (Angenot, 1993, 2010). El análisis de la segunda etapa de la publicación (hasta su desaparición en 1951) nos permite identificar un fuerte contraste respecto de los dispositivos retóricos utilizados, ya que se verifica una tendencia a la homogeneización genérica en torno a los artículos propiamente políticos y una exacerbación de la dimensión polémica con mayor apelación al pathos. Finalmente concluimos que estos desplazamientos repercuten en el ethos del colectivo socialista en tanto construcción enunciativa asociada a las modalidades argumentativas que se ponen en juego en cada etapa.

Palabras clave: Anuario Socialista - artefacto retórico - almanaque popular - argumentación - ethos.

Abstract

This article provides a longitudinal study of argumentative structures in the Socialist Yearbook, published by the Argentine Socialist Party between 1928 and 1951 and inscribed in the genre tradition of popular almanac. Through the survey of the rhetorical strategies deployed in the publication, we analyze its location within social public discourse and describe the tensions between the different discursive “durations” that compose the Yearboook and its gradual changes over the period under study. We define the Yearbook as a complex rhetorical device, consisting of multiple components with different semiotic configurations and various communicative functions (chronicles, reports, stories, statistics, manifestos, biographies, poems, photographs, advertisements, to name a few). Firstly, through microdiscursive analysis, we analyze how the Yearbook’s initial stage (1928-1937) leans on compositional heterogeneity to build its arguments by means of selection, trimming, sequencing and framing of preexisting articles imported from previous publications; thus, it displays a didactic argumentative configuration (Courtine, 1983), allowing the Yearbook to adequately address a broad and diverse readership in order to better introduce and strengthen socialist topica at the time (Angenot, 1993, 2010). Moreover, analysis of the second stage of the publication (until its demise in 1951) reveals a striking contrast with the previous stage regarding rhetorical devices. At the ending of the 1930s, the Yearbook starts to develop a tendency towards generic homogenization around explicitly political genres, a strengthening of polemic argument and greater deployment of pathemic operations. Finally, we conclude that these shifts affect the ethos of the socialist group, considered as a rhetorical entity, strongly bound to the modes of argument developed at each stage.

Keywords: Socialist Yearbook - rhetorical device - popular almanac - argument - ethos.


Introducción

En su prefacio a El discurso social, Marc Angenot plantea la necesidad de emprender la elaboración de una historia retórica, en tanto “estudio de la variación histórica y sociológica de los tipos de argumentación, los medios de prueba, los métodos de persuasión” (Angenot, 2010b: 15). Esta línea de indagación permite un análisis de los dispositivos retóricos a lo largo de la historia de las diversas formaciones discursivas, en relación con su colocación en la relación de fuerzas en el campo discursivo, no solo en sus arsenales argumentativos sino –más medularmente– en los dispositivos retóricos desde los cuales la argumentación se torna eficaz.
    La adopción de una perspectiva histórica para abordar estos fenómenos –frecuentemente considerados como construcciones universales e invariables– permite reconstruir de manera genealógica cómo surge o se transforma una posición de enunciación. En este sentido, presentamos un abordaje longitudinal sobre una publicación extensa en el campo de la prensa política argentina, el Anuario Socialista, con el objeto, por una parte, de analizar su ubicación relativa en ese conjunto heterogéneo que conforma el discurso social y, por otra parte, de dar cuenta de las tensiones entre las diferentes “duraciones” discursivas que la atraviesan y sus cambios a lo largo del período estudiado.
    Partiendo del supuesto de que determinados dispositivos retóricos se corresponden con determinadas conformaciones de la comunidad discursiva (Maingueneau et al., 1995) y con determinadas concepciones del debate y de los interlocutores en juego, consideramos que atender, de manera longitudinal, a las estrategias retóricas desplegadas en la publicación permitirá reconstruir el modo en que esta interpela a su destinatario; sus gestos de inscripción en determinadas memorias retóricas; y la construcción –y transformación– del ethos del colectivo en relación con los tipos de argumentación que se ponen en juego en cada etapa.


1. El Anuario socialista, publicación de difusión doctrinaria en la Argentina de principios del siglo XX

El Anuario Socialista resulta un objeto discursivo relevante para el estudio de las estrategias retóricas del Partido Socialista, en tanto constituyó el órgano partidario de mayor continuidad y envergadura del período estudiado (fuera del periódico La Vanguardia). Editado por la Comisión de prensa, fuertemente vinculada con el Comité ejecutivo –máxima instancia de decisión del partido mencionado–, el Anuario fue una publicación orgánica de la agrupación durante las décadas de 1930 y 1940. Desde el punto de vista compositivo, el Anuario se sitúa en el cruce de dos tradiciones genéricas cuyas huellas pueden identificarse en la materialidad misma de la publicación: por una parte, la tradición de las lecturas populares –específicamente el género “almanaque” que comienza a circular en Europa a partir del siglo XV como (en ocasiones) único material impreso en ámbitos de escaso contacto con la cultura letrada–; por otra parte, la tradición de la prensa política, y específicamente de izquierdas, en la que el Anuario forma parte de un complejo aparato de difusión doctrinaria que Angenot denomina “la empresa retórica más amplia de los tiempos modernos” (2010b: 113).




En primer lugar, entonces, para poder situar las condiciones de surgimiento del Anuario es necesario tener en cuenta el intenso movimiento editorial que se despliega en la Argentina a partir de las primeras décadas del siglo XX. Gracias a la extraordinaria difusión de géneros populares como el folletín o la gauchesca (Prieto, 2006), y estimulado por la “sustitución de importaciones” de productos culturales a raíz de la crisis europea por la Primera Guerra Mundial, el mercado editorial se amplía, dando lugar a una mayor estructuración de la actividad y a una distinción entre funciones hasta entonces unificadas, como eran las del librero, el imprentero y la incipiente figura del editor. Ese contexto permite el surgimiento de diversos proyectos editoriales, que respondían a criterios a la vez político-culturales y comerciales, “apuntando a abastecer la demanda de ese público lector que se va ampliando y diversificando a un ritmo sostenido” (Aguado, 2006: 98). Aparecen así las “colecciones”, compuestas por materiales diversos –que incluían tanto clásicos de la literatura como textos de divulgación, desde la geografía y el folklore hasta los manuales de derecho y administración, pasando por los ensayos filosóficos y las ineludibles biografías de “figuras ejemplares”; o las revistas culturales o político-culturales –dirigidas a un público múltiple y heterogéneo– con una función difusora de ideas e información. Estas iniciativas presuponen, como lo plantea Montaldo, “una idea de la cultura como abarcabilidad de saberes, es decir, una idea cuantitativa de lo cultural” (1990: 427), que se adquirían a través de un recorrido “guiado” por las intervenciones editoriales: selección y recorte de los materiales, secuenciación, adiciones explicativas que proporcionan una orientación de lectura, inclusión de ilustraciones.
    De este modo, muchos de estos emprendimientos culturales recuperan, de distintos modos, la tradición de las lecturas populares: en sus circuitos de circulación –quioscos de diarios y revistas o distribución “casa por casa” realizada por vendedores ambulantes–; en las selecciones genéricas (que remiten a una determinada concepción de cultura); o en las operaciones realizadas sobre los discursos procedentes de la denominada alta cultura para adecuarlos a las nuevas publicaciones, que otorgan a los editores una función mediadora entre estos saberes y los noveles lectores.
    Específicamente, como decíamos, el Anuario se inscribe –ya desde su denominación– en la tradición discursiva del “almanaque”, un formato genérico plástico y adaptable a las más diversas refuncionalizaciones, a partir de un núcleo invariable (centrado en la medición del tiempo) y que hace de la heterogeneidad de contenidos su marca distintiva. Por ello, sobre todo en los inicios del Anuario, las ediciones se componen, en muchos casos, de materiales ya dados, importados de otras publicaciones, que implican una gran dispersión de formatos: crónicas, informes, relatos, estadísticas, manifiestos, biografías, poemas, fotografías, publicidades.
    Ahora bien, como dijimos más arriba, si el Anuario puede vincularse con los proyectos culturales “de mercado”, presenta otros rasgos de especificidad que deben rastrearse en relación con la tradición de lecturas políticas de la que forma parte. A partir de la década de 1870, en la que los primeros inmigrantes europeos “internacionalistas” se agruparon en torno a la publicación del semanario Vorwärts, se va consolidando en la Argentina una intensa actividad editorial de izquierda (Tarcus, 2007: 144 y ss.). Esta incluía, por una parte, la intervención en el debate político a través de publicaciones periódicas (en el caso del socialismo, se destaca como dijimos el diario La Vanguardia) y, por otra, una vasta labor de difusión doctrinaria, en la que la tarea de construcción cultural conjuga simultáneamente las ideas socialistas con la cultura letrada.
    En este campo, el socialismo también recurre a los dispositivos genéricos de las lecturas populares, como las colecciones de textos doctrinarios de la Biblioteca Socialista o los folletos compuestos por fragmentos o reformulaciones de textos más vastos: capítulos de libros, segmentos de conferencias, transcripciones de debates orales o versiones “divulgadoras” de textos fundacionales. Es en ese marco que la editorial La Vanguardia, además de la publicación del periódico homónimo, inicia en 1928 la publicación del Anuario.
    Aunque procedentes de otras tradiciones discursivas, con diferentes objetivos y condicionamientos, las publicaciones socialistas de comienzos del siglo XX buscan –al igual que en los emprendimientos “comerciales”– nuevas formas de interpelación a un público que se concibe heterogéneo y novel en el campo de la lectura, a la vez que deben responder a las demandas y expectativas de una comunidad militante ya consolidada. Es en ese sentido que el Anuario puede pensarse como la conjugación de estrategias de diversas procedencias en función de sus múltiples destinatarios.


2. Artefacto retórico y operaciones de “puesta en libro”

A partir de la tradición del “almanaque” en que se inscribe –con reapropiaciones– el Anuario, consideramos que este puede definirse como lo que, desde la historia de la lectura se ha denominado un género editorial (Chartier, 1996; Andries, 1994), es decir, un dispositivo textual complejo, compuesto por materiales de géneros discursivos diversos, cada uno con sus propias características enunciativas y compositivas, que a su vez se resignifican al integrarse en esta unidad mayor. El género editorial puede entenderse entonces como un artefacto retórico que construye sentido –fundamentalmente– mediante la selección y combinación de textos diversos en función de una política editorial determinada, y por la instauración de un circuito de circulación y de recepción determinado.
    Se produce por tanto un desdoblamiento entre la instancia textual (de cada artículo) y una específicamente editorial en la que la figura del editor/compilador ocupa un lugar central. En efecto, en la confección de materiales complejos integrados por textos de diverso género, origen y función, el compilador realiza lo que Chartier (1985) denomina genéricamente “operaciones de puesta en libro”: selección, recorte, yuxtaposición y presentación; según su ámbito de circulación, estas operaciones se orientan en función de criterios estilísticos, académicos, comerciales y/o ideológicos. [1]


2.1. Bloques temáticos y operaciones de secuenciación

Durante el período inicial, en que la publicación se inscribe más fuertemente en la memoria genérica del almanaque, se incluyen con frecuencia –coexistiendo con textos propios de la prensa política, como la nota de opinión, la denuncia o el ensayo programático– artículos que no están vinculados por sí mismos con el campo político: relatos breves, caricaturas, datos curiosos referentes a proezas técnicas o científicas, consejos de higiene, recetas de cocina, partituras musicales. Sin embargo, en tanto artefacto retórico, el Anuario también construye argumentación en base a estos materiales, si bien aquí se presenta bajo una modalidad poco evidente, “subrepticia”, que no se encarna en ningún discurso en particular, sino que se desarrolla como un efecto global de lectura.
    Mediante la operación –editorial– de secuenciación, en el Anuario se conforman bloques temáticos, es decir, secciones -algunas, fijas; otras específicas de cada número, en ocasiones enmarcados paratextualmente con un subtítulo englobador como “Páginas rurales” o “Religión” –que ponen en relación artículos diversos seleccionados en torno a un eje temático. Este criterio organizador no se vincula directamente con la coyuntura política o económica, sino más bien con los núcleos profundos de la agenda socialista; en efecto, la periodicidad anual de la publicación la hace más adecuada para los gestos de balance o la difusión de las bases doctrinarias del movimiento, que para las intervenciones puntuales en la dinámica del juego político-partidario.
    Para analizar en detalle este funcionamiento, nos centraremos en un bloque temático incluido en el Anuario 1933, vinculado con la “cuestión” pacifista (central en el discurso socialista y que se fortalecerá pocos años después de cara a la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial), integrado por cuatro artículos que aparecen uno a continuación del otro, abarcando una extensión de 6 páginas. Si bien, como veremos enseguida, los materiales que lo componen portan sobre sí las huellas discursivas de sus circuitos de circulación y modos de interpelación originales, su puesta en serie produce efectos de lectura que no se desprenden de ninguno de ellos individualmente, es decir que conforman nuevos sentidos por su orientación argumentativa global.
    El bloque se inicia con una estadística, titulada por el Anuario “La paz armada” (Anuario 1933: 93):




   

Estos datos se refieren, esencialmente, a los costos y volumen del equipamiento bélico y por su pertenencia genérica portan un fuerte efecto de objetividad. La única intervención editorial es aquí la titulación.
    Ahora bien, a continuación de la estadística, se adjunta un artículo de fuerte carga valorativa como lo es la “tira cómica” (un género que comienza a aparecer en el Anuario justamente en esta edición y se continúa en números posteriores a través de la caricatura política).




   

En una lectura aislada, puede interpretarse que las viñetas ironizan sobre la contradicción entre la tutela de los niños frente a la cuestión sexual pero no frente a la violencia explícita; es decir, no apuntan su crítica a la guerra sino a los medios de comunicación de masas. Sin embargo, gracias a la inserción del título-volanta “Por la Paz”, se establece una articulación con el artículo anterior y se vincula a ambos con una conclusión general que se buscaría demostrar. Así, la intervención editorial, a través de la operación de enmarcado desde el paratexto, sobreimprime una interpretación de los materiales originales en función de la orientación global.
    Como lo planteamos más arriba, el efecto argumentativo surge de la articulación entre dos instancias de encuadre genérico: la escena genérica –que varía para cada artículo del Anuario– y la escena englobante política, que atraviesa y unifica toda la publicación. Como se plantea en Charaudeau y Maingueneau, “cada género discursivo implica (…) una escena específica: roles para sus coparticipantes, unas circunstancias (en particular el modo de inscripción en el tiempo y en el espacio), un soporte material, un modo de circulación, una finalidad” (2002: 516). Como efecto del solapamiento de esas dos dimensiones, esta escena genérica continúa trabajando en la producción de sentido pero, al mismo tiempo, la escena englobante proporciona la clave interpretativa que predominará.
    A continuación, los lectores encontraban un artículo más interpretativo, “Las guerras y sus motivos”, de Bernardo Delom, que se ubica genéricamente entre el informe y la nota de opinión. Se trata del único artículo del complejo que aparece con firma de autor y es también el único escrito originalmente para el Anuario, en contraste con el resto de los artículos que –como se planteó más arriba– son reproducciones de otras publicaciones.




   

El artículo muestra una cierta complejidad en su distribución autorial, ya que se trata de un dispositivo característico de la difusión doctrinaria: la construcción de cadenas genéricas que van descendiendo en su grado de teoricidad y aumentando su anclaje contextual. En este caso, se retoma una novela de tesis del escritor francés Paul Reboux, a su vez comentada por otro autor-fuente del artículo (Victor Margueritte), desde una perspectiva europea y centrada en el rechazo pacifista a la Primera Guerra Mundial, transformándola –en la reformulación– en un análisis que se propone “develar” las razones ocultas detrás de las guerras europeas a lo largo de la historia. La nota exhibe una lectura en clave económica de la historia, de acuerdo con la interpretación que el socialismo argentino hace de la teoría marxista (plasmada en Teoría y práctica de la Historia de Juan B. Justo [Tarcus, 2007]). Al explicitar (simplificando el planteo literario de la novela original) dos niveles: “pretexto”-“razón”, se pone en juego como categoría explicativa el binomio “ideología”-“relaciones de producción”, entendiendo la política internacional como elemento superestructural (en el sentido marxista del término) que ocultaría el funcionamiento de las estructuras económicas.
    Hacia el final, se puede identificar una segunda operación de apropiación aún dentro de los límites del artículo: la tesis se reorienta hacia el final del texto en un movimiento argumentativo propio, al transpolar el planteo del autor francés a una situación bélica latinoamericana contemporánea: “Los pueblos de Bolivia y Paraguay, si meditaran un poco sobre estos hechos, podrían encontrar fácilmente las ‘razones’ que mueven a sus respectivos gobernantes en el conflicto del Chaco.”
    Este último artículo es el más congruente con la escena englobante política y el que “da el tono” y orienta a todo el complejo. Sin embargo, en ninguno de los casos se despliega una toma de postura frente a la guerra; la tesis nunca termina de explicitarse. El encadenamiento conformado por los artículos –subsumido cada uno de ellos en un único enunciado– tendría el valor de un entimema, [2] en tanto razonamiento incompleto que el lector debe reponer. Para reconstruir la estructura argumentativa del complejo, los artículos podrían considerarse en función de la tesis “La guerra es perniciosa” (cuya derivación deóntica está explicitada en la fórmula “Por la paz” que aparece, como dijimos, en la volanta de uno de los textos). En función de ese eje, cada artículo constituye un argumento causal:
    - La guerra es cara (estadística).
    - La violencia produce más violencia (tira cómica).
    - La guerra responde a motivaciones económicas ocultas (nota de opinión).
    Ahora bien, esta configuración retórica no está exenta de ambivalencia, habilitada justamente por la falta de un desarrollo argumentativo explícito. La secuenciación entimemática que acabamos de describir desemboca, como cierre del bloque temático, en un “panorama” importado sin duda de otra publicación, al que se añade un título propio: ”El militarismo en las Repúblicas Soviéticas Socialistas de Rusia”:






   

La lectura global del complejo argumentativo exhibe cómo las tensiones producidas entre la función ejemplar que aún se asigna a la Unión Soviética (que terminará de quebrarse hacia 1939 [Bisso, 2000]) y la posición antifascista en la que se irá fijando cada vez más el Partido se resolverán discursivamente –mostrando sin embargo su falla– mediante una estrategia ambivalente: si por un lado se reproduce un informe dedicado (desde la escena genérica del artículo original) a la importancia del equipamiento militar en las prioridades de la URSS, al enmarcarlo por titulación y secuenciación en un encadenamiento orientado negativamente, se contrapesan las posibles interpretaciones positivas a las que esto podría llevar.
    Recuperando el efecto de heterogeneidad compositiva que caracteriza al Anuario, la selección de materiales que componen este complejo argumentativo podría entenderse como un gesto de puesta al alcance del lector de “materiales para el debate” sin condicionar las conclusiones. Sin embargo, la secuenciación produce un efecto orientador en favor de la interpretación global que se privilegia.


2.2. La argumentación en los intersticios

Como se vio en la exposición anterior, la eficacia persuasiva del complejo argumentativo se apoya en la puesta en serie de fragmentos, más que en la estructura interna de cada uno de ellos; en función de ello, puede entenderse la secuenciación como una operación retórica. Retomando la distinción que señala Barthes para el arte retórica, entre “un polo sintagmático: es el orden de las partes del discurso, la taxis o dispositio y un polo paradigmático: son las figuras de la retórica, la lexis o elocutio” (1982: 14), es posible pensar la función de la secuenciación en estos complejos argumentativos como un tipo de dispositio sin inventio, y casi sin elocutio.
    En efecto, en la mayor parte de los casos, la construcción interna de los artículos que funcionan como argumentos no depende del Anuario, dado que estos están tomados sin modificación de publicaciones anteriores. Por lo tanto, el sustento de la tesis no se logra por la creación de los argumentos pertinentes sino por el ordenamiento de estos materiales ya dados, de modo que se produzca el encadenamiento argumentativo. En este proceso emerge, como dijimos, la figura del editor-organizador, quien dispone a los diversos enunciadores (entendidos como “puntos de vista” según la propuesta de Ducrot [1984]) para conformar el macroenunciado del que él sería el locutor-responsable.
    En esta configuración argumentativa, el contradestinatario (o destinatario negativo) no aparece explícitamente; si bien puede inferirse la existencia de un debate por el hecho mismo de construir complejos argumentativos sobre determinadas cuestiones (como la religión, la guerra o la cuestión agraria), la disputa no se pone en escena ya que no existe en estos una dimensión polémica. Este modo de argumentación se acercaría así, como lo plantea Verón (1987), a otros tipos de discursos, como el discurso didáctico. En efecto, este se apoya en mecanismos retóricos, del mismo modo que el político, pero no realiza un desdoblamiento del destinatario (Reboul, 1991: 116-117).
    Ahora bien, esto no implica considerar esta configuración como exclusión de lo político; esta conclusión implicaría –desde el análisis– una concepción de intervención política limitada a la escenificación polémica. Más productivo resulta ampliar el espectro de modos de apelación política de las masas que el socialismo pone en escena. Puede pensarse que, a través de estas secuenciaciones, se buscaría favorecer ciertas conclusiones ya previstas en el sistema interpretativo socialista y que el lector podría así asimilar y hacer propias.
    En la argumentación por secuenciación, la configuración “didáctica” que acabamos de mencionar remite a un sujeto que enuncia desde la certeza de un discurso totalizador, discurso capaz de explicar y poner en red elementos diversos a partir de un tamiz analítico ya definido. El enunciador se limita entonces a disponer los elementos del razonamiento, que “hablarán por sí mismos” y en ello radica precisamente su poder persuasivo.


3. Polarización política, polarización genérica

La composición genérica inicial del Anuario, fuertemente inscripta en la tradición del almanaque popular, y cuyo correlato son las configuraciones argumentativas que acabamos de presentar, se mantiene sin grandes cambios hasta fines de la década de 1930; no obstante, en ese punto comienza a detectarse un proceso gradual de polarización, por el cual la publicación se va acercando cada vez más a los formatos genéricos y a los modos de argumentación propios del campo político. Este proceso alcanza su culminación a partir de 1944-1946, en que el Anuario se ha consolidado dentro del archigénero de la prensa política.
    Un indicio de este desplazamiento genérico puede encontrarse en el contraste de los índices del Anuario 1930 y el de 1951:


(Anuario 1930)

(Anuario 1951)



   

Como puede verse, en la segunda etapa la diversidad genérica inicial se reduce y homogeneiza en torno a los géneros interpretativos. En efecto, desaparecen o se reducen los artículos referidos a la medición de tiempo, los incidentales, los artículos de divulgación científica o cultural, los instruccionales y las colecciones de citas (sin embargo, se mantienen los retratos, biografías y semblanzas, que cumplen una función de refuerzo identitario). Paralelamente, cobran mayor fuerza las notas de opinión, análisis, balances y panoramas y aparecen cada vez más en mayor proporción las notas con marca autorial (firmadas) que –como señalamos– son más características de la prensa de opinión.


3.1. Nuevas configuraciones argumentativas: el imperio de la polémica

Las diferencias entre los índices analizados funcionan como ilustración de una tendencia progresiva al cambio en la composición genérica de origen del Anuario, que se verifica a lo largo de las sucesivas ediciones. A su vez, este proceso conlleva también desplazamientos en las configuraciones argumentativas que predominan en el Anuario. Por un lado, al desaparecer gran parte de los géneros que no son propiamente políticos, los mecanismos de secuenciación o enmarcado desaparecen y toda la dimensión argumentativa se concentra en el interior de los artículos “interpretativos”.
    En esta etapa, la función que atraviesa todo el discurso del Anuario es la función polémica. Retomando el planteo de Verón,


El campo discursivo de lo político implica enfrentamiento, relación con un enemigo, lucha entre enunciadores. Se ha hablado, en ese sentido, de la dimensión polémica del discurso político. La enunciación política parece inseparable de la construcción de un adversario. (Verón, 1987: 16)

Esto implica entrar en un diálogo explícito con el adversario:


La cuestión del adversario significa que todo acto de enunciación política supone necesariamente que existen otros actos de enunciación, reales o posibles, opuestos al propio. En cierto modo, todo acto de enunciación política es a la vez una réplica y supone (o presupone) una réplica. (Verón, 1987: 16)

Si bien el socialismo, como todo discurso político –en especial el discurso de izquierda–, se articula desde sus orígenes sobre la construcción de un adversario, en los primeros Anuarios la estrategia no se centra, como vimos, en el diálogo polémico con el oponente sino en la difusión político-cultural y en la instauración simbólica de una comunidad socialista. En esta segunda etapa, en cambio, el eje organizador empieza a ser la réplica al discurso instaurado por el nuevo movimiento que está en el poder. Así lo plantea Carlos Herrera en su análisis del discurso de Ghioldi (figura determinante en la consolidación de una discursividad socialista frente al fenómeno peronista): “(…) la promoción de un modelo alternativo pasa pronto a ocupar en la pluma de Ghioldi menos lugar que la denuncia de peronismo, ahora [en 1946] cada vez más en términos de totalitarismo” (Herrera, 2005: 352).
    Una lectura detenida del índice de 1951 evidencia que en la formulación de muchos de los títulos aparece –presupuesta– una contraposición de posturas: como ejemplos, la carga evaluativa implícita en “Forja del hombre en el totalitarismo”; la puesta en cuestión de la noción de libertad como entidad unívoca en “Las dos versiones de la libertad” y el enfrentamiento doctrinario en “Comunismo, catolicismo y socialismo”. En todos los casos, desde el título mismo puede preverse que los artículos estarán determinados por su dimensión polémica.
    En otros casos, el indicio de la polémica es la variación sintáctica en los titulares: tradicionalmente, el Anuario, se mantenía dentro de las convenciones que indicaban utilizar la denotación temática (“Tucumán en 1946”). A partir de 1947, los títulos incluyen además la aserción (“El año literario lo fue de definiciones y de militancia”); la réplica (“La emancipación obrera no es cuestión de salarios”); o incluso la pregunta retórica: (“¿A cuánto ascenderá el presupuesto real para 1947?”). Este gesto es una desviación de las convenciones de titulación, que da cuenta de la necesidad de formas más adecuadas para el enfrentamiento discursivo. Se trata, como lo señala Angenot, de las “estrategias por las que el enunciado “reconoce” su posicionamiento en la economía discursiva y opera según ese reconocimiento” (2010a: 25).
    Se escenifica un discurso “indignado”, que por su despliegue injurioso por momentos toca lo panfletario. Angenot define esta matriz genérica (o configuración ideológica, como prefiere denominarla), como


una polémica particularmente violenta, “explosiva”. El panfletario (...) reacciona frente a un escándalo, una impostura, tiene el sentimiento de estar frente a una evidencia y no poder compartirla, de estar en la verdad pero reducido al silencio por un error dominante, una mentira esencial, un absurdo flagrante. (Angenot, 1982: 21)

En efecto, en esta etapa del Anuario prima un discurso de la develación, que se propone desenmascarar –como veremos– el “engaño” peronista. Por ello, el género que va haciéndose predominante es, precisamente, la denuncia:


(Anuario 1948)



   

Por una parte, artículos como el de Solari son los más frecuentes en la publicación. Pero, por otra, muchas secciones fijas que no eran inherentemente polémicas (como los “balances del año” o los “panoramas”) se conservan con sus títulos y rasgos de genericidad característicos, pero van virando internamente hacia la denuncia. Son las referidas a la cuestión gremial o legislativa, en las que el Partido ha sufrido un drástico retroceso, al punto de no poseer, para 1946, ninguna representación parlamentaria:


(Anuario 1947)



El repliegue defensivo
La polarización genérica, y los consecuentes cambios de configuraciones argumentativas, que analizaremos a continuación, pueden entenderse como una reacción frente a un desequilibrio en el sistema (desde la Escuela Francesa de análisis del discurso, el interdiscurso) causado por el ingreso de una nueva formación discursiva.
    Desde el punto de vista argumentativo, puede plantearse que el peronismo adquiere el rol de proponente (Plantin, 2004), es decir, de actante que irrumpe en un estado de cosas con un planteamiento “nuevo” en su formulación y adquiere así la iniciativa discursiva¸ definiendo no solo sus referencias sino también los términos de la intervención de la oposición.
    Frente a este cambio en el encuadre argumentativo, el Partido Socialista (al igual que otros partidos de izquierda en diferentes coyunturas históricas) se ve inmerso en una disyuntiva, ya que “el acto de oponerse genera una cuestión de rebote, establece una cierta cuestión de equivalencia entre discurso y contradiscurso. Así, en cierto modo, contradecir un discurso es validarlo; pero no hacerlo, todavía lo valida más.” (Plantin, 1999: 12). En efecto, el socialismo necesita, por una parte, sostener las “cuestiones” que caracterizan al movimiento en tanto formación discursiva, para preservar su propia matriz interpretativa; pero por la otra (a riesgo de quedar completamente fuera de la disputa política), debe participar en los debates planteados en el espacio público, adscribiendo necesariamente –imperceptiblemente– a los “términos de definición” instaurados por la formación discursiva dominante.
    Así, el socialismo queda fijado en el gesto discursivo de la réplica, como vimos más arriba; al no poder determinar las cuestiones a discutir (ni siquiera en el seno de su propia producción editorial) queda reducido a un rol de oponente, definido como aquel que –en reacción al Proponente– defiende el estado de cosas preexistente. Ahora bien, esto debe entenderse como una defensa, no de las modalidades de gobierno preperonistas, sino –y es por eso que es concebible una alianza electoral con fuerzas políticamente contrapuestas como la Unión Democrática– de la distribución de roles argumentativos preexistente, el esquema de adversarios ya establecido.
    El desequilibrio generado por la irrupción de este nuevo discurso, que pone en cuestión todo el edificio ideológico socialista, desencadena una crisis interna entre dos alternativas: profundizar la oposición o reconfigurar las categorías analíticas –el principio de lectura– de toda la formación discursiva. Tal como lo plantea Carlos Altamirano,


las ideologías en la sociedad moderna, aun la de los grupos que se reducen a la comunidad de los militantes (...) están expuestas al exterior, a los trastornos políticos y sociales del presente, a los desafíos de los discursos rivales. Obligadas a responder, o invalidan los datos que parecen perturbarlas, o se reinterpretan a sí mismas para dar cabida a los acontecimientos y coordinarlos con los principios de la doctrina. (Altamirano, 2001: 11)

Si bien estas dos tendencias surgieron y se enfrentaron en el seno del Partido, en el Anuario sólo se evidencian las estrategias para preservar la matriz interpretativa nuclear (exhibiendo cuál es la fracción dentro del socialismo que está representada por la publicación). Y ello da lugar, desde el plano discursivo, a lo que hemos denominado repliegue defensivo.
    Para la refutación del adversario político (mediante los formatos genéricos que presentamos más arriba) se pone en juego un arsenal argumentativo que ha caracterizado al discurso socialista frente al fenómeno peronista; el siguiente editorial condensa dos de los tópicos a los que se apela:


(Anuario 1946)



En primer lugar, como lo mencionamos más arriba, se define metafóricamente al peronismo como “estafa”: “Los años que pudieron ser para nosotros de examen de perspectivas fueron para nosotros años falsos, años estafados. ¿Quién nos estafó nuestra esperanza? [...] Lo sabe el pueblo. Su nombre se escribe con las letras del fraude y de la opresión.” A lo largo del Anuario aparecen otras esquematizaciones que forman serie con la de “estafa”, entre otras “falsedad”, “adulación” y fundamentalmente “demagogia”.
    Es interesante analizar el fragmento refutativo: “La democracia necesita solo del pueblo y el pueblo necesita la libertad. Quien no entienda este lenguaje no entiende al pueblo; lo estafa.” El uso de la negación pone en escena el discurso del adversario; así, permite visualizar la verdadera quaestio (o eje de la confrontación): lo que está en disputa aquí es la inteligibilidad de la voluntad y el interés popular (es decir: “quién interpreta la voz del pueblo”).
    En segundo lugar, el peronismo es caracterizado como “detención” o “retroceso” en el progreso social. En este caso, se explota la metáfora de la “marcha”, que permite una variedad de formulaciones asociadas:
    – “los argentinos permanecen estacionarios”;
    – “No hemos avanzado un paso. Hemos retrocedido cien”;
    – “Argentina demorada en los relojes del mundo/de América”;
    – “Argentina al margen del camino de ascensión”;
    – “la Argentina no puede regresar a caminos perdidos, caminos de regreso”;
    – “[frente a ello], el socialismo quiere apresurar los demorados relojes de la Argentina”.
    La elección de este campo metafórico (de recorrido lineal a lo largo del tiempo) da cuenta de la matriz evolucionista en la que se concibe aún el cambio social; en esta esquematización, el “camino” está prediseñado y solo cabe recorrerlo hacia adelante (donde se sitúa el socialismo) o hacia atrás (donde queda ubicado todo otro modelo, incluida la Tercera Posición postulada por el peronismo).
    Paralelamente, en la exacerbación del discurso de réplica, a partir de 1944-46, se puede identificar una tendencia creciente a la patemización del discurso (Charaudeau, 2000) en tanto clave de interpelación al lector. En efecto, se ponen en juego tanto recursos léxicos (metáforas y subjetivemas axiológicos) como configuraciones sintácticas (como las preguntas retóricas) que –sin describir en sí mismas las emociones– funcionan como gatillos que las desencadenan.
    Así, en “La democracia argentina en 1945”, nota de opinión firmada por Américo Ghioldi en el Anuario 1946, se despliega el campo semántico del fuego en sucesivas formulaciones que forman una red: “la hoguera de la revolución”, “arden presidentes”, “el fuego devorador”, “proceso destructor y devastador”:




Ahora bien, la búsqueda del efecto patémico es un rasgo característico en el discurso de izquierdas (en particular del socialismo revolucionario y del anarquismo de principios del siglo XX) y está vinculado, en términos de Angenot (2010b: 131), con sus condiciones de producción, ya que el agitador se propone sacudir a las “masas sordas” y “sacarlas de su apatía” generada por el discurso burgués.
    Sin embargo, esta tonalidad emotiva no se evidenciaba –hasta ahora– en el discurso del Anuario, vinculado más bien con una posición gradualista o moderada (enfrentada a sectores más radicalizados del espectro político nacional, que en muchos casos eran resultado de escisiones “por izquierda” del propio Partido). Esta línea, fortalecida durante la década de 1930 por las victorias socialdemócratas en Europa, adoptaba –como lo señalamos en apartados anteriores– un carácter “orientador, de totalización argumentada de todas las cuestiones sociales, convergiendo hacia una respuesta y por ende hacia una acción, únicas” (Angenot, 2010b: 121).
    Es por ello que, en la economía retórica del movimiento –que contrapone la vía racional (logos) a la emocional (pathos)– la tendencia a la patemización adquiere el estatuto de un viraje estratégico. Por otro lado, a diferencia de los discursos radicalizados de izquierdas, en el Anuario de fines de la década de 1940, el antagonista no es ya el “burgués” o el “capitalista”, sino el peronismo, caracterizado como vimos en términos de autoritarismo y fascismo (más que en términos clasistas).
    Por último, la operación patémica de “inscripción de la afectividad en el lenguaje” repercute también sobre la construcción del ethos en la publicación. [3] Si, según Maingueneau (2002), todo texto porta una “voz” enunciadora que funciona como garante, constituida y constituyente, de un “mundo ethico” compartido con el interlocutor, es posible observar que a partir del “hecho peronista” se produce una transformación en el ethos discursivo del colectivo, que puede definirse como un cambio de tono. En esta última etapa del Anuario –hasta su cierre definitivo en 1951– la exacerbación de la polémica, con el despliegue de metáforas de fuerte impacto emotivo y la puesta en juego de un arsenal argumentativo destinado a la refutación, construye un enunciador vulnerado en sus certezas, sorprendido por un fenómeno que no se encuadra en su aparato analítico ni se ajusta a las previsiones. Es así como, frente al avance y consolidación del peronismo, el discurso socialista se transforma, como dijimos, en un discurso de réplica.


Conclusiones

En las páginas precedentes, mediante el estudio longitudinal de las configuraciones argumentativas del Anuario Socialista, hemos mostrado cómo –en una primera etapa de la publicación, más vinculada con los rasgos de genericidad del “almanaque popular”– el Anuario constituye un artefacto retórico, que sobreimprime una escena englobante “política” sobre materiales discursivos que, en su escena genérica, no se inscriben en ese campo. En los complejos argumentativos como el que nos detuvimos a analizar, la secuenciación habilita una argumentación de tipo intersticial, que funciona en el terreno del “efecto de lectura” más que en el despliegue de razonamientos explícitos.
    Puede proponerse entonces que, como estrategia de apelación a un público compuesto, el Anuario se ubica bajo el signo de lo múltiple: multiplicidad de géneros discursivos y de referencias identitarias; múltiples apelaciones a un destinatario complejo; múltiples grados de autoría y modos de intervención sobre los materiales; pero sobre esa multiplicidad, la elección del Anuario como formato da lugar a múltiples modos de regular esa dispersión de sentidos posibles. En el caso analizado, las estrategias de agrupamiento para conformar bloques temáticos con una orientación argumentativa dan cuenta de un dispositivo de fuerte control de la producción de sentidos, en este punto emparentado con las estrategias de difusión doctrinaria de la prensa política de izquierdas. Esto se refuerza si se tienen en cuenta los circuitos de circulación previstos para estas publicaciones, los círculos partidarios, en los que la lectura en voz alta y el comentario permitían explicitar los encadenamientos argumentativos evocados elípticamente por estas operaciones de disposición gráfica y de “puesta en libro”.
    En tanto género editorial, el Anuario (sobre todo en esta primera etapa) presenta un funcionamiento discursivo que puede sintetizarse en la operación del montaje. En efecto, en su multiplicidad de sentidos posibles, esta es productiva como metáfora interpretativa: en principio, montaje en tanto maquinaria discursiva, artefacto material que construye sentido; por otra parte, en su explotación de la sucesividad, en la que el sentido se produce al asignar un orden a los materiales recibidos a lo largo del eje espacial (que se transforma en temporal cuando el texto se oraliza en la lectura). Y finalmente, el montaje en su dimensión de espectáculo, como una puesta en escena en la que cada elemento tiene un lugar definido en función de una lógica rectora general –la política editorial– que responde a un posicionamiento ideológico, en este caso, político y partidario.
    Ahora bien, a lo largo de los años de publicación, asistimos a un paulatino cambio en las modalidades de construcción del sentido en el Anuario. A partir de la Segunda Guerra Mundial (con el auge de la apelación antifascista) y más adelante frente al “hecho peronista”, se producirá una transformación perceptible en el sistema de géneros, que tiende a la homogeneización en torno a los géneros más vinculados con la prensa política.
    El contraste entre los distintos momentos de la publicación permite identificar, en cada caso, el ethos discursivo que se desprende de los enunciados y, sobre todo, de los mecanismos enunciativos dominantes en el Anuario. Así, en la primera etapa –en que predomina la modalidad de “argumentación por secuenciación”– la configuración enunciativa puede definirse como “didáctica” (en el sentido de la ausencia de un adversario con el que se entabla un debate explícito) y esto remite a una imagen de sujeto que enuncia desde la certeza, portador de un discurso eficaz en la explicación y en la predicción, avalado por las experiencias internacionales y con perspectivas de crecimiento futuro.
    Por el contrario, en la segunda etapa se produce un cambio de tono (como indicio de un cambio en el ethos discursivo) en la enunciación del Anuario. En los artículos donde se desarrolla la polémica –entre los cuales la “denuncia” es el género más frecuente– la figura del enunciador aparece indignada (tono privilegiado del texto panfletario), señal de un quiebre en la eficacia interpretativa del propio sistema analítico. En efecto, los despliegues argumentativos se concentran ahora casi exclusivamente en la derrota del adversario, perdiendo así la iniciativa discursiva como espacio de definición de los propios términos del debate: la pura réplica es así indicio y síntoma de un movimiento en situación de repliegue defensivo.


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RECIBIDO: 12/12/2013 | ACEPTADO: 25/11/2014


 


[1] Este funcionamiento puede verse, hoy, en dispositivos semióticos de lo más diverso, desde los que aún circulan en soporte papel –como publicaciones periódicas, antologías literarias o textuales y otras recopilaciones– hasta los audiovisuales –donde la explotación de los recursos de edición es cada vez más central y cada vez más exhibida– o los hipertextuales, en especial, en las páginas web.

[2] A los efectos de este análisis entendemos entimema como “un eslabón en una ‘cadena de pensamiento’, más o menos desarrollada en todos sus elementos, cadena en la que la organización no es aleatoria ni reversible, sino organizada según una estrategia general de orden cognitivo.” (Angenot, 1982: 31).

[3] Teniendo en cuenta el doble dispositivo enunciativo que constituye el Anuario, consideramos que, más allá de la “imagen de sí” que se construye en cada uno de los textos firmados, es posible relevar un ethos colectivo (Charaudeau, 2005), entendido como la “atribución de una identidad que emana de una opinión colectiva de un grupo frente a otro” (2005, 90). En todo caso, puede inferirse que el conjunto de construcciones de ethe que componen el Anuario en cada etapa son indicios de los imaginarios sociodiscursivos de los que forman parte.