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Fernandes Pereira, Belmiro (2012); Retórica e eloquência em Portugal na Época do Renascimento. Lisboa: Impresa Nacional-Casa da Moeda. 988 pp. ISBN: 978-972-2-1971-1.

Gerardo Ramírez Vidal

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    Retórica e eloquência em Portugal na Época do Renascimento de Belmiro Fernandes Pereira es un libro de enorme valor por la información que transmite, por las ideas que obtiene de los documentos y por los patrones metodológicos que aplica en su estudio de los materiales. Sin exageración, se puede afirmar que constituye un hito en los estudios de retórica en el mundo occidental y, aún más, en Portugal, donde no sólo habrá de ser una referencia obligada, sino también un punto de partida de los estudios de retórica en esa nación. Aún cuando se centra en el siglo que va de 1481 a 1591 y en el territorio lusitano, el libro sobrepasa esos límites temporales y locales para extenderse a toda la península, a Italia y al mundo occidental, y aún cuando se enfoca en la retórica y la elocuencia, el estudio aborda la cultura humanística en su complejidad. De todo ello daremos cuenta en esta breve presentación.
    El volumen, de 988 páginas, tiene por objeto, en sentido general, la “recepción de las diferentes concepciones de la retórica antigua en la obra de los humanistas del Renacimiento, intentando demostrar que la retórica constituyó uno de los aspectos centrales y característicos del Humanismo y no sólo un epifenómeno suyo” (p. 36), [1] y en particular “el grado de difusión y conocimiento de la retórica clásica en los textos de los humanistas portugueses del Renacimiento” (p. 31), aproximadamente a partir del reinado de Juan II (1481-1495) hasta la Monarquía Hispánica, que empezó en 1580. En ese periodo se sucedieron las monarquías portuguesas de Manuel I (1495-1521), Juan III (1521-1557), Sebastián I (1557-1578) y Henrique I (1578-1580). De manera específica, el libro describe la fortuna que tuvieron en Portugal durante ese periodo la retórica greco-latina (de Aristóteles a Quintiliano) y la corriente greco-bizantina (de Hermógenes a Jorge de Trebizonda), y “cómo el arte oratoria se convirtió en disciplina esencial para la formación del humanista, cómo su doctrina llegó a impregnar los demás saberes” (p. 875) en la cultura lusitana y cuáles fueron las condiciones culturales y políticas que permitieron que ello sucediera.
    Para lograr su propósito, el autor se basa en el estudio de los documentos a disposición de la retórica o vinculados con ella: tratados, estatutos, planes de estudio, manuales, compendios, etc., que se produjeron durante ese periodo en el reino o en otros lugares de nacionales o extranjeros que influyeron en la retórica portuguesa. Desde una perspectiva diacrónica, se abordan también los grandes temas y controversias relacionadas con la retórica en la Europa de la época, como el ciceronianismo y el senequismo, las concepciones, el carácter moral de la disciplina y sus relaciones con otras artes sermocinales, para entender cómo influyeron o se reprodujeron en ese territorio.
    La obra se divide en tras grandes partes: I. La retórica en la Edad Media (pp. 87-212); II. La retórica y la introducción del Humanismo (pp. 213-452), y III. La retórica en Portugal en época del Renacimiento (pp. 453- 879). El primer capítulo describe los antecedentes del humanismo portugués; el segundo, la colonización de la gramática, la poética y la dialéctica por parte de la retórica a partir de 1485 hasta 1537; el tercero, el dominio de la retórica en la enseñanza de 1537 a finales de ese mismo siglo.
    Las tres partes están antecedidas de una Introducción (pp. 21-84), dividida a su vez en tres apartados. En el primero (“Presupuestos conceptuales y metodológicos”), el autor ofrece un panorama del renacimiento de la retórica en nuestra época, empezando por la crisis de la retórica entre el irracionalismo romántico y el racionalismo filosófico del modernismo y las respuestas que Perelman y Olbrechts-Tyteca y Gadamer ofrecieron ante esa fenómeno cultural. Particularmente en el ámbito literario, se presenta una actitud paradójica, pues la “poética del genio” en Víctor Hugo retoma las ideas esenciales de la retórica, mientras que la pedagogía literaria encuentra su tabla de salvación en el historicismo de H. Taine, en sustitución de la retórica, aunque siguiendo sus bases teóricas. Fernandes Pereira muestra cómo se dio la recuperación de ese arte en el ámbito de la lingüística y la teoría literaria, donde la retórica se vio limitada a una elocutio entendida como estilística o ciencia de la expresividad. Esta recuperación proviene del ramismo (siglo XVI), prosigue con las tratados de C. Dumarsais y P. Fontanier (siglo XVIII) y se recupera en el siglo XX con el formalismo ruso y la Retórica general del Grupo μ. Esta tendencia ha visto la historia de la retórica como base de la semiótica moderna, cuyas fundamentos y teorías resultan útiles a las disciplinas del discurso, aunque asumiendo aquella vieja disciplina como irremediablemente muerta.
    A pesar de ello, durante el siglo XX la publicación de historias generales y temporales de la retórica fue amplia. Nuestro autor habla de “una verdadera pandemia retórica” (p. 29) a partir de 1970, que iba de la mano con el renacimiento de los estudios humanísticos. En este ámbito se desarrollaron tesis extremistas, como las que hacían equivaler Renacimiento a retórica, o las que veían la retórica como el fenómeno central que permitía entender aquel movimiento cultural. Portugal no fue una excepción en la recuperación de los estudios retóricos de ese periodo, como lo muestra el autor del libro.
    El segundo y tercer apartados tienen la intención de aclarar en qué sentido se emplearán las palabras 'retórica', 'humanismo' y 'renacimiento'. Ante el cúmulo confuso de ideas, fundamentos, orientaciones y teorías de la retórica en la actualidad, Belmiro Fernandes corta por lo sano: “para evitar la pandemia retórica, la indefinición semántica y la aplicación indeterminada de términos y conceptos, tomaremos siempre como referencia la retórica clásica, o sea, la retórica del discurso, de la argumentación y de la composición literaria desarrollada por los griegos y latinos, distinguiendo, con Kennedy, una retórica primaria, arte de persuasión cívica y política, de una retórica secundaria, cuerpo ordenado de preceptos que puede aparecer en otros saberes y artes” (p. 48). Aborda también problemas relativos a la natura, ars y exercitatio, a la imitatio y sus modalidades y a la relación entre retórica y política.
    En relación con el 'humanismo', se ciñe a su sentido de Humanismo renacentista, esto es, al “cultivo de las letras greco-latinas (los studia humanitatis) y su reflejo en la cultura europea, en los siglos XV y XVI” (p. 61). Describe también los sentidos de la palabra 'humanista', como sinónimo de grammaticus, rhetor o poeta, o bien como filósofo, entre otras connotaciones.
    En cuanto al Renacimiento, que en general se considera opuesto a la Edad Media, vinculado al humanismo y en contraste con la reforma, además de ser mal entendido como un movimiento espiritual antropocéntrico, profano y laico, nuestro autor lo entiende en el sentido ya antedicho de Humanismo renacentista, que en Portugal se desarrolló con cierto retraso desde finales del siglo XV y durante el siglo XVI. De manera estricta, identifica el terminus a quo del humanismo portugués con la llegada del humanista italiano Cataldo Sículo a Lisboa, en 1485, como preceptor real.
    La Primera Parte (116 páginas) se divide en dos apartados; el primero trata sobre la difusión y la presencia de la retórica clásica a finales de la época antigua y durante la Edad Media. Se aborda la fortuna de la Retórica de Aristóteles: durante el periodo que va de Quintiliano (no es seguro que lo haya leído directamente) hasta el siglo XIII hubo un desconocimiento casi completo de esa obra, excepto en el ámbito de la filosofía árabe. No sólo eso, también era entendida como parte de la lógica. Frente a Aristóteles, la influencia de la Retórica a Herenio y el Acerca de la Invención en la retórica latina (se detiene poco en su influencia en Quintiliano) y en la retórica medieval (ambas obras eran atribuidas a Cicerón) fue enorme, inclusive en el ámbito cristiano. En los primeros tiempos de nuestra era, las tendencias apologéticas de los primeros siglos del cristianismo rechazaban la cultura y la filosofía paganas, y por lo tanto también la retórica, aunque posteriormente, la retórica cristiana encontró su mayor desarrollo con San Agustín (p. 110: “El libro IV del De doctrina christiana se convirtió de modo simultáneo en el último gran tratado de retórica de la Antigüedad y en la primera retórica eclesiástica”). En época posterior (a partir del siglo IX), la influencia de “las retóricas de Tulio” fue creciente, al grado que ambas obras (de las que se conservan entre mil y dos mil copias manuscritas) se consideran como las obras mayores de la antigüedad latina durante la Edad Media (p. 113) y Cicerón como el magister eloquentiae por excelencia. En contraste, la Institutio oratoria de Quintiliano fue menos afortunada que esas dos obras, en particular debido a la prolijidad con que el autor aborda los temas. A pesar de ello, ese texto fue utilizado, sobre todo en el periodo carolingio y en el siglo XII, aunque no en su totalidad, pues los maestros de las escuelas medievales se interesaban más por algunos contenidos que por otros. Estos intereses prácticos hicieron que la Institutio oratoria se conservara mutilada o en florilegios, aunque se debe recalcar que las partes faltantes no eran extensas (aunque cualquir pérdida es lamentable). Cuando ocurrió el célebre descubrimiento del texto completo de esa obra en 1416, en la famosa biblioteca del monasterio de San Gallo (Suiza) por Poggio Bracciolini, tuvo más bien un significado simbólico, pues se habían conservado las partes que más respondían a los intereses educativos de la época, perdiéndose lo que no era funcional.
    Esta actitud utilitarista y práctica de la Época Medieval explica no sólo la pérdida de porciones de la Institutio oratoria, y la reelaboración de géneros ya consagrados (en caso de que siguieran siendo útiles), sino sobre todo la creación de nuevas formas discursivas y sus artes respectivas como respuesta a las necesidades propias de una época dominada en gran medida por la religión y la administración. Desde los orígenes del cristianismo se desarrolló el sermón, un género adecuado para la enseñanza de la palabra de Cristo y su predicación entre los paganos, adquiriendo diversas formas de acuerdo con los fines a que estaba destinado. Pero fue sólo hasta finales del siglo XII que se empezaron a escribir manuales que enseñaban a componer y a predicar sermones, siendo el primero de ellos la Summa de arte praedicatoria de Alain de Lille (1200) a la que seguirán numerosas artes de ese género, destinadas a la formación del orador sagrado. Paradójicamente esos manuales no resultaban muy útiles en la elaboración de sermones (se habían escrito y pronunciado infinidad de sermones sin que hubiera existido algún manual). Con el fin de facilitar la composición de los esos téxtos se produjeron numerosos instrumentos: concordancias bíblicas, diccionarios, homiliarios y sermonarios, antologías, exempla, distinctiones, florilegios de autores clásicos, enciclopedias, bestiarios y lapidarios. Lo anterior es una muestra de la riqueza e innovación de la cultura cristiana en los últimos siglos del Medioevo.
    Se debe también a la actitud utilitaria y práctica que, en ese periodo, llegara a su esplendor el arte epistolar (ars dictaminis), es decir, la teorización de la composición de cartas, al cual los autores antiguos le había dado poca importancia, a pesar de que la carta se había convertido en un género recurrente ya desde época clásica (las famosas cartas de Epicuro, Platón, Cicerón...). El surgimiento del ars dictaminis, estrechamente relacionado con la retórica (dictator -de dico- equivale a auctor o scriptor; dictamen, a estilo o forma retórica) respondía a las necesidades prácticas en el ámbito del derecho, del notariado y de la administración medieval. Así, la teoría de la carta recibe su soporte doctrinal de la retórica de la que es género, aunque adaptado a los fines que le son propios, como la elaboración de la salutatio. El descubrimiento de las Cartas a Ático de Cicerón por parte de Petrarca, en 1345, provocó una revolución en el arte epistolar al introducirse la práctica de la carta familiar como género literario (ars epistolandi). Este importante fenómeno cultural tuvo su centro difusor en Boloña y se extendió a toda Europa, aunque en cada país tuvo funciones y características propias.
    El segundo apartado es una descripción de la recepción en la cultura portuguesa medieval durante los siglos X al XV. Comienza con un panorama del deplorable estado del patrimonio documental de Portugal, debido tanto a desastres naturales (el terremoto e incendio de 1755) como a la incuria humana y las guerras que arrasan con todo. El autor se basa en inventarios de testamentos y donaciones para entrever por esa rendija, en general, la cultura libresca y, en particular, la recepción retórica de los siglos X al XIII, y muestra la importancia que tuvieron las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, en cuyo libro II se aborda la retórica y la dialéctica, en el conjunto de las siete artes liberales, además de otras obras importantes de tradición medieval. Para los siglos XIV y XV, a pesar de las adversidades sociales y políticas, las fuentes para el estudio de la retórica no son sólo los catálogos, pues ya se cuenta con obras originales y traducciones de los autores antiguos. En estas fuentes, la Retórica de Aristóteles es considerada una obra de ética; las dos retóricas de Tullio son citadas y traducidas; la Institutio de Quintiliano es por completo desconocida. En cambio, los sermonarios se encuentran en los inventarios y en los fondos bibliotecarios desde finales del siglo X. La predicación, animada por los Concilios de Letrán de 1179 y 1215, se desarrolló en la iglesia regular, en las órdenes mendicantes y en ocasiones solemnes en la corte. Con la introducción de la imprenta, los sermones se difundieron ampliamente, como lo atestiguan los incunables de los fondos bibliotecarios portugueses.
    En cuanto a las artes praedicandi, los documentos muestran que hubo alguna recepción, pues se encuentran en diversos repositorios, como la importantísima Ars praedicandi de Alain de Lille, además de algunas distinctiones, todo ello de autores extranjeros, excepto la ars praedicandi de fray Alfonso de Alprão, de 1397. Del mismo modo, se encuentran textos del ars dictandi provenientes de Italia.
    Así esta Primera Parte muestra cómo la Europa medieval retomó y adaptó a sus propias necesidades prácticas la retórica -y con ella, la cultura clásica-, fundamentalmente en el discurso religioso, desde los orígenes del cristianismo, a pesar de la orientación opuesta a la cultura pagana durante los primeros siglos. San Agustín constituye el punto de partida de la fusión de razón y fe y del aprovechamiento por parte del cristianismo de los vasos preciosos de la cultura clásica. La recepción y adecuación a los fines educativos fueron acompañadas por la creación de nuevos géneros retóricos, como el ars praedicandi y el ars dictandi, el último de los cuales habrá de modelarse en retórica cívica. La situación europea se ve reflejada también en la cultura portuguesa, a pesar de la pérdida inmensa de materiales que permitirían un conocimiento de lo que hasta hoy son sólo reflejos de la fortuna de la retórica y de la cultura clásica en esa área europea. El arte retórico se desacraliza; se ponen las bases para el advenimiento del ciceronianismo.
    La Segunda Parte (240 páginas) describe la difusión de los conocimientos retóricos de la antigüedad grecolatina y de la Edad Media en Portugal durante un periodo que cubre poco más de medio siglo, de 1485 a 1537 (p. 260; o 1536, p. 433), subrayando la influencia en la gramática y la lexicografía que ahora se orientan a la enseñanza de la elocuencia en un contexto político y cultural que propició el robustecimiento de la elocuencia epidíctica cívica. La función y la finalidad de los manuales de gramática se modifica, debido a que una nueva forma mentis se había abierto paso con el humanismo entrante que unificaba los saberes discursivos que se habían fragmentado durante la Edad Media, siguiendo los principios quintilianeos de la educación integral del ciudadano. La gramática se entiende como enciclopedia, como origen y fundamento de los conocimientos liberales cuya función no es prescriptiva sino formativa, con base en la imitación de los grandes autores, siendo de este modo (junto con la poética) colonizada por la retórica. Importa la elegancia basada en el usus, no la corrección sustentada en las reglas. La elegantia predomina sobre la corrección.
    Esta parte segunda se divide en tres apartados. El primero de ellos trata sobre la introducción del humanismo en Portugal. Se muestra que el humanismo, monopolio de Italia hasta el tercer cuarto del siglo XV (p. 216), se introdujo plenamente en Francia en 1476, con la enseñanza regular de la lengua griega y en España en 1475, cuando Nebrija empieza su magisterio en la Universidad de Salamanca. Los humanistas italianos y peninsulares introdujeron, no sin problemas, los estudios humanísticos en España y Portugal. El autor muestra con claridad las características del nuevo movimiento educativo con el análisis de las obras de los principales representantes de ese periodo en ambos países peninsulares, en particular en la corte de Juan II, a la que fue invitado Cataldo Sículo para la educación del príncipe. Precisamente la llegada de este personaje, en 1486, marca el comienzo del humanismo lusitano.
    En el segundo apartado (pp. 248-298) aborda la enseñanza de la retórica. Sin relevancia durante el siglo XV entre las artes sermocinales, en la siguiente centuria, la retórica se convirtió en la más importante de todas ellas, en un lento proceso de conquista de la enseñanza de la dialéctica y de la gramática, cono se muestra en el modelo quintilianeo. Así, la gramática es imprescindible para todo conocimiento, pero al mismo tiempo es un arte propedéutico. Para ello, Fernandes Pereira analiza los discursos inaugurales universitarios pronunciados en 1504, 1534 y 1536, donde se observa cómo la retórica fue poco a poco invadiendo el espacio escolar, haciéndose necesaria como saber transversal e indispensable a una concepción holística del discurso, con base en las obras de Aristóteles, Cicerón y Quintiliano. La retorización de la gramática se extiende también a la dialéctica, que -se decía en uno de los discursos mencionados- habría sido cultivada, entre los primeros, por Gorgias de Leontini (p. 256). Nuestro autor pasa revista a las obras relativas al discurso oral y escrito conservado en los fondos bibliotecarios del periodo de 1485 a 1537: gramáticas, diccionarios, retóricas antiguas y del siglo XV, y manuales de retórica, de los que se ofrece una lista que cubre los años de 1468 a 1536.
    El tercer apartado (pp. 299-455) está dedicado a la elocuencia en Portugal, es decir, a la práctica oratoria sagrada y profana durante el periodo de cincuenta y tres años ya indicado.
    Para la descripción de la oratoria sagrada se tienen a disposición fuentes diversas: noticias de los cronistas sobre predicación y predicadores, las alusiones literarias y, por último, los propios textos de los sermones. Así, Fernandes Pereira pasa revista a estas fuentes para ofrecer análisis de sermones de los predicadores más importantes de este periodo, además de detenerse en el De arte praedicandi de Pedro Ciruelo, publicada en 1528, considerado por muchos como el último ejemplar medieval de ese tipo de tratados, bajo el supuesto de que sermones y artes eran en ese entonces anacrónicos, puesto que habían sido desplazados por los tratados de retórica y las orationes. Se apunta, sin embargo, que los sermones no habían pasado de moda y se seguían publicando y leyendo durante ese periodo. Los ejemplos que en el libro se presentan muestran que, en efecto, sermones, sermonarios, artes, distintiones y otros instrumentos del predicador no habían pasado de moda, aunque sí se habían transformado, pues rechazan las cuestiones teológicas y muestran una temática epidíctica de los beneficia de la religión donde el movere sustituye al docere de la predicación medieval.
    En cuanto a la oratoria profana, este género retórico emergió con gran fuerza y desplazó al sermón medieval de los espacios cívicos, en el entorno del poder centralizado de los reyes y príncipes, cumpliendo una función social y cultural de primer orden. La oratio (junto a la epístola y al epigrama) pertenece al género epidíctico, cumple una función ceremonial y funge como soporte de las formaciones políticas en boga, siendo innecesaria la elocuencia judicial y deliberativa, debido a las condiciones políticas imperantes. En el siglo XV se desarrolló una oratoria civil basada en los preceptos retóricos de la antigüedad que respondía a diferentes objetivos: las arengas, discursos de embajada, de defensa, de alabanza, discursos parlamentarios, de los que Fernandes Pereira da cuenta en los análisis que realiza de numerosos discursos cívicos en el ámbito portugués. En cuanto a las orationes académicas, la costumbre italiana de pronunciar prolusiones o praelectiones, con el objeto de inaugurar el año escolar o un curso, celebrar la obtención de un grado o la realización de disputas públicas, se extendió por toda Europa. En la obra se estudia una oratio que Henrique Caiado pronunció en Padua en 1503. También se estudian los discursos fúnebres (ejemplificados con el mismo Henrique Caiado), cuya evolución había modificado res y verba por influencia del sermón medieval. Los humanistas del siglo XV recuperan la tradición clásica de las laudationes fúnebres latinas en concurrencia con la tradición de la predicación fúnebre, además del panegírico que floreció en la Roma imperial.
    La Tercera Parte (427 páginas) trata sobre la retórica en Portugal en tiempos de Juan III (cuyo reinado abarcó del 1521 al 1557) hasta finales de ese siglo. Durante este periodo se suscitó la polémica entre protestantes y católicos en el campo de la retórica sacra y el desarrollo de esa disciplina como instrumento pedagógico autónomo. El florecimiento de la retórica en ese periodo fue precedido por la atención que Juan II prestó a esa disciplina, con el envío de becarios a diversas universidades italianas, la invitación de humanistas a la corte y el apoyo a la difusión de textos y tratados, lo que llevó a Portugal a integrar la cultura nacional en la respublica litteraria. Juan III continuó con mayor decisión esa política cultural.
    Esta parte se divide en cinco apartados. El primero de ellos trata significativamente sobre la enseñanza de la retórica, que Fernandes Pereira primero muestra en la familia real de Portugal y luego en la universidad y en las escuelas humanísticas, espacios donde aparece por primera vez como una materia curricular autónoma, continuando con la renovación de la enseñanza de las artes sermocinales. Esto último define el periodo del florecimiento de la retórica en Portugal, con la adaptación de los tratados clásicos y los discursos ciceronianos a las condiciones específicas de la cultura y la política. La retórica se muestra no sólo como instrumento útil, sino también como el fin formativo del ciudadano o del hombre en sociedad: el docto, el erudito, el consejero del príncipe, el alto funcionario, el noble, el eclesiástico, el jurisperito, todos ellos deben estar dotados de elocuencia tanto oral como escrita. Pero el estudio de la retórica antigua se integrará a la enseñanza universitaria como disciplina autónoma en la década de 1530 con la reforma de los estudios y la creación de nuevos centros de saber humanístico, lo cual se dio poco a poco y luego de sortear grandes obstáculos. Ello significó “la segunda victoria de la retórica” (p. 468). Los estudios de retórica tanto en el extranjero (París y Lovaina) y dentro de Portugal (el colegio de Santa Cruz de Coimbra; la transferencia de la Universidad a Coimbra, en 1537; el Colegio da Costa; Colegio de S. Pablo, en Braga) propició la proliferación de orationes en el ámbito universitario, algunas de las cuales analiza Fernandes Pereira observando las particularidades de esa producción, la ideas sobre la naturaleza, la función, la finalidad de esa disciplina y la elegancia en la composición. La tercera fase en la expansión de la retórica de mediados de ese siglo se manifiesta en “la recepción, extensa y profunda, de la producción europea, la difusión de la teoría clásica en modernas ediciones y comentarios” (p. 489).
    Todos estos fenómenos culturales: el envío de becarios a prepararse a diversas universidades de Europa (primero en Italia; luego en Francia y Lovaina; al final de nuevo en Italia), la llegada de maestros de prestigio portadores de las nuevas orientaciones en los estudios, la creación de nuevos centros humanísticos, el cambio de los programas tradicionales con las innovaciones recientes, el establecimiento de la enseñanza de la retórica como materia autónoma y el aprecio general por la elocuencia, permitieron que la cultura clásica, y con ella la retórica, alcanzara su máximo florecimiento a mediados del siglo XV en Portugal. A ello contribuyó también la facilidad en la producción de libros (gracias a la expansión de la imprenta) y el aumento en el comercio y circulación de de obras impresas, no sólo de los textos de la antigüedad clásica (fundamento de toda esta eclosión cultural), sino también la elaboración de instrumentos que permitían acceder con mayor facilidad al cúmulo de saberes antiguos y recientes: consulta, diccionarios, enciclopedias, thesauri, polyanteae... Nuestro autor observa cómo se introdujeron términos y conceptos retóricos en esas impresionantes obras (entre las que se encontraba, por ejemplo, el Thesaurus lingua Latinae, de Robert Estienne, en 1543).
    Las 177 páginas siguientes las dedica Fernandes Pereira a estudiar la recepción de los tres grandes autores antiguos: Aristóteles, Cicerón y Quintiliano, cada uno con diferentes problemas y soluciones. Tomando en consideración el escaso conocimiento e interés que se tenía por la Retórica de Aristóteles (y en general por la retórica griega) y que las interpretaciones pragmáticas de época medieval la consideraban un tratado de ética y de psicología, su descubrimiento fue realmente novedoso e impactante, aunque la lectura de esa obra se hacía generalmente en latín por el desconocimiento generalizado del griego hasta principios del siglo XVI. Después de la edición príncipe de 1508, se hicieron diez ediciones en griego entre 1529 y 1548, y se alcanzó en ese siglo más de cien ediciones de Aristóteles, treinta de ellas en griego y las demás en latín. Los humanistas interpretaron a su modo la retórica aristotélica humanizando a Aristóteles, como aparece en una pintura de 1509, donde se muestra a un Aristóteles escolástico, a otro Aristóteles árabe de turbante y al joven Aristóteles humanista (p. 541). Los humanistas se enfrascaron en largas discusiones e interpretaciones, antecedidas por la disputa sostenida el siglo anterior entre Trebizonda y Bessarión sobre el carácter y la función de esa obra. En suma, como ha señalado recientemente un estudioso: “Où est la Rhétorique d'Aristote à la Renaissance? Elle est partout et nulle part, e jamais là où on la cherche. Elle est citè mais rarement exploitée à fond” (p. 549). Durante el siglo XVI, la Retórica de Aristóteles fue un texto secundario frente a las obras de Cicerón y Quintiliano.
    Cicerón fue el príncipe de los autores antiguos dentro del movimiento humanístico: “el predominio del Arpinate fue absoluto y lo mismo se podría decir de la provincia retórica o del campo literario en general, donde Cicerón surge como modelo obvio para la composición de cartas, discursos o diálogos, los géneros literarios más privilegiados por los humanistas; por eso no deberá causar extrañeza que las obras ciceronianas dominen también el mercado editorial (p. 577). Fernandes Pereira dedica noventa páginas (pp. 566-654) para describir la recepción de la obra de Cicerón en los países europeos, sobre todo en Portugal, luego de introducir brevemente el gran debate entre ciceronianismo y anticiceronianismo (el bellum Ciceronianum), que es la polémica central de todo el siglo XVI. Para dar una idea de la fortuna crítica sobre ese autor, basta señalar el volumen impresionante de comentarios a la obra publicados en ese periodo: hasta antes del 1600, el número de comentarios salidos de las imprentas sólo sobre los discursos del Arpinate llega a por lo menos 479 y los dedicados a la obra retórica del mismo, entre 1527 y 1560, alcanza la cifra de 566 ediciones. Fernandes Pereira estudia este fenómeno, deteniéndose en algunos traductores y estudiosos portugueses de Cicerón. Posteriormente aborda el tema de la Tulliana imitatio, que es el elemento más importante del debate sobre el ciceronianismo. En este caso emerge la espinosa cuestión del paganismo (representado por Cicerón) y el cristianismo: la razón y la fe, asunto que había surgido en el siglo II con los apologistas cristianos. El debate sobre esa oposición (aunque no se limita a ello) se dará en torno al libro intitulado Ciceronianus siue de optimo dicendi genere, escrito por Erasmo de Rotterdam y publicado en 1528, donde su autor presenta su rechazo al ciceronianismo, aunque sin rechazar a Cicerón. De tal manera, se enfrentan dos grupos o escuelas, sobre todo en Italia, pero también en Portugal, donde predomina por algún tiempo el erasmismo, aunque el ciceronianismo moderado tuvo sus defensores. Éstos valoraban las uirtutes del estilo, ante todo la puritas, el ornatus, la uis oratoria, la pugnacitas y la acrimonia, además de la concinnitas.
    La Institutio oratoria de Quintiliano no había atraído la atención durante la época medieval (excepto, en alguna medida, en Francia, en el siglo XII); en Portugal no había rastros de esa obra; en España era casi desconocida, aunque se tenían a disposición manuscritos mutilados de la obra en otros países europeos. El descubrimiento de un manuscrito completo en la biblioteca del monasterio de San Gallo (Suiza) en 1416 por Poggio Bracciolini provocó que esa esa obra llamara poderosamente la atención de los humanistas (quienes colocaron a Quintiliano a la par de Cicerón y de Virgilio) y que influyera posteriormente en las reformas curriculares, además de contribuir a que se consideraran las artes sermocinales como un conjunto sistemático. La Institutio oratoria fue impresa por primera vez en 1470, en Roma, a la que siguieron numerosas ediciones y comentarios. Sin embargo, surgió ya en esa época una disputa entre ciceronianos y quintilianistas en torno a los fines de la retórica y los elementos del sistema, disputa que se trasladó a España y a Portugal, donde la Institutio fue profusamente comentada, sobre todo por Antonio Pinheiro. Fernandes Pereira analiza detenidamente el doctissimus commentarius de Pinheiro al libro III, contenido en una edición comentada de Quintiliano publicada en Francia e Italia “por lo menos siete veces” (p. 665). Luego de presentar el debate y la formación del comentarista, el autor observa con cuidado las explicaciones de Pinheiro a los capítulos del libro III de la Institutio, quien subraya la falta de claridad y las contradicciones del autor latino (por ejemplo, en relación con la doctrina de los status). Fernandes Pereira subraya la naturaleza didáctica de los comentarios, indaga las fuentes en que se basa y los estudios contemporáneos en los que se apoya, además de señalar otras obras del mismo autor portugués.
    El tercer apartado trata sobre la recepción en Portugal de las retóricas humanísticas. El autor aborda primero la influencia que ejerció Jorge de Trebizonda en la difusión de la retórica durante el humanismo, en particular con su Rhetoricorum libri V (Venecia, 1433-1434), en confrontación con la Institutio oratoria de Quintiliano. La Rhetorica de Trebizonda fue muy bien recibida en España (con Alonso de Herrera y su escuela) y en Portugal, frente a la Ars rhetorica de Antonio de Nebrija, que representaba la escuela opuesta a la de Herrera. Un siglo después, Erasmo de Rotterdam escribió varias obras de retórica, pero ningún tratado en su conjunto. A pesar de la prohibición de algunas de sus obras, el De Conscribendis epistolis, el De copia verbrum et rerum, el Ciceronianus y el Ecclesiastes, etc., tuvieron amplia difusión en Portugal, debido, sobre todo, a la aceptación que tenía el autor en la corte de Juan III frente al ciceronianismo radical. Muestra del interés oficial por la retórica son las Collectanea rhetorices de João Vaseu o Jan Was (Salamanca, 1538), maestro de elocuencia en el Colégio de S. Paulo, en Braga, y la Rhetorica de Joachim Ringelberg (Coimbra, 1550), estudiados por nuestro autor.
    El siguiente apartado se refiere a la retórica jesuítica, de enorme interés en la historia de la educación y de la retórica en la península. El autor estudia la naturaleza y el método de la retórica jesuítica en el contexto general de la formación de los miembros de la Compañía y de la educación humanística que ellos impartían en las escuelas, con base en el análisis e interpretación de los documentos: reglamentos, apostillas y compendios elaborados durante los gobiernos de los tres primeros Generales de la Compañía: San Ignacio de Loyola (1541-1556), Diego Laínez (1558-1565) y san Francisco de Borja (1565-1572). Así, comienza por referirse a la formación espiritual e intelectual del fundador de la orden y la labor educativa que él y los demás fundadores de la Compañía de Jesús (1540) emprendieron desde la fundación de los primeros colegios de Mesina (1548) y de Palermo (1549). Luego observa el papel que el humanismo (el modus parisiensis) y la retórica en particular tuvieron en el proyecto pedagógico con el detallado análisis de la educación que se impartió desde un principio en los colegios, en la Parte IV de las Constituciones, aprobadas en la primera Congregación General de 1558, y en las reglas para la enseñanza de las humanidades que se transformarían en la famosa Ratio studiorum (1599). En seguida, observa el desarrollo pedagógico de la Compañía en Portugal: “grande fue la contribución de la Provincia Portuguesa de la Compañia de Jesús, de sus maestros y de la experiencia de sus colegios”, destacando que fue en esa Provincia que se creó la primera casa de la Compañía en todo el mundo, en 1542, cuando también se fundó el Colegio de Jesús (pp. 769-770).
    Los siguientes apartados son en realidad una continuación de la educación jesuítica. Ahí se destaca la contribución de los jesuitas Pedro Perpinhão y Cipriano Soares, los más connotados maestros de retórica de la orden, el primero de ellos célebre sobre todo como docente y orador; el segundo, autor de uno de los compendios más importantes de la Compañía (Coimbra, 1562), de mayor valor que el de Antonio de Nebrija (las obras llevan el mismo título).
    Cierra la exposición de la retórica jesuítica el estudio sobre el De eloquentia libri quinque de Tomé Correia (1536-1595), tratado publicado en Roma en 1591, al que Belmiro Fernandes Pereira dedica 70 páginas (809-879). Se trata de la obra cumbre de la retórica portuguesa: “No sólo es la última obra de la vasta producción del humanista, sino uno de los mejores testimonios de los estudios retóricos a lo largo de todo el periodo del Renacimiento” (p. 810). El título de este apartado “Entre Ramus y Lipsius: el De eloquentia de Tomé Correia”, es muy sugerente, pues indica que el De eloquentia de Correia, publicada en 1591, en Boloña, se encuentra entre la obra retórica de dos teóricos anticiceronianos. El primero de ellos es Justus Lipsius (1547-1606, cf. p. 844, nota 730), editor y estudioso de Tácito y Plauto, quien prefería el estilo conciso e intenso del historiador, y la retórica estoica, frente a la abundancia del ciceroniano. Tomé Correia conocía muy bien la nueva doctrina de Pierre de la Ramée (1515-1572) y su posición en contra de los tres grandes maestros antiguos, pues en un principio se había adherido a aquella. Por eso su visión del ramismo es muy clara: “estos nuevos maestros sustraen la invención y la disposición a la elocuencia y la transfieren enteramente a la dialéctica” (p. 830). Correia rechaza que la finalidad de la retórica sea bene dicere, sino persuadere, haciendo además una distinción de la persuasión retórica de la científica; continúa la tendencia de considerar las artes de una manera unitaria, integral, basándose enteramente en los antiguos maestros cuyas doctrinas se adecuaban a los hombres de su época. Correia era un verdadero representante del humanismo. Fernandes Pereira resume la obra siguiendo el desarrollo de los cinco libros y comentando sus principales características, sus semejanzas y sus diferencias con otras obras de su época, en particular con las de Petrus Ramus. Correia dedica a la elocutio un libro entero, el IV, de 216 páginas, lo cual: “confirma de hecho en qué medida nuestro rétor aún estaba cerca de algunos presupuestos del ramismo” (p. 842). Sin embargo, la forma en que trata los aspectos del estilo son de carácter ciceroniano, como se observa, en particular, por la importancia que otorga al ritmo oratorio o numerus, que era uno de los tres elementos de la compositio (ordo, iunctura y numerus), y no una figura. Aborda, además, la argumentación y la doctrina de los estados (en el libro III), siguiendo a Cicerón y a Aristóteles; la memoria, aunque muy brevemente, y la pronuntiatio (ambas en el libro V). Así, confirma el autor: “No se ofrece en tan extensa exposición una arte del tecnógrafo, sino un modelo de elocuencia ciceroniana e isocrática, una facultas indispensable a la vida en sociedad y a la dignificación del hombre” (p. 870).
    Además de un índice muy útil, el libro contiene una amplísima bibliografía (pp. 881-953) dividida en tres partes. En Fuentes manuscritas aparecen los diferentes archivos y bibliotecas públicas consultados de Portugal (Ajuda, Coimbra, Lisboa, Braga, Évora y Porto) y de Roma, que contienen manuscritos o códices consultados por el autor. En Fuentes impresas, las obras publicadas de los autores antiguos hasta los del siglo XVI, con los datos de las diferentes ediciones y los lugares donde se encuentran. Los Estudios contienen el rico trabajo de erudición desplegado por los estudiosos modernos en torno a los temas tratados en ese libro.
    Belmiro Fernandes Pereira, doctor en Estudios Clásicos en la especialidad de Literatura Neolatina y profesor auxiliar de la Facultad de Letras de la Universidad de Oporto, logró una obra de gran calado, en la que muestra la enorme influencia que ejerció la retórica, en particular la ciceroniana, en el humanismo europeo. No es una estudio completo, pues muchas obras más faltan por ser rescatadas, como la de João Vaz de Mota, “desafortunado exiliado portugués cuya obra daremos a conocer próximamente” (p. 810, nota 657). Por ello, el estudio que aquí presentamos no sólo es una invitación a la lectura (que resulta una experiencia envidiable: con mucha frecuencia los capítulos se leen como si fuera una novela) y al conocimiento, sino también un estímulo a seguir indagando la fortuna de la retórica y de la cultura clásica en el Humanismo no sólo europeo sino también latinoamericano.


 

 

Gerardo Ramírez Vidal

  Universidad Nacional Autónoma de México

(México)


 


[1] De aquí en más, todas las traducciones del portugués al español son nuestras.